Una trabajadora social orientada por el psicoanáisis, es contratada durante un mes en un centro penitenciario como técnica especializada en integración social, en un un módulo pionero en reinserción social, donde un equipo técnico interdisciplinar busca dar respuesta a la vida de los internos, dentro y fuera del centro penitenciario a través de un programa dirigido a ciertos internos que lo solicitan. La técnica decide elaborar su propia hoja de ruta: dentro de la generalidad de la norma, trabajar con lo singular de la persona.

Entre los internos se encuentra J condenado por tenencia de pornografía infantil. No pinta los ojos, las cuencas están vacías, la técnica le señala: “No miran”. J le pregunta: “¿Te asusta?”. Ella le responde: “Me sorprende”. Al cabo de unos días J le muestra sus dibujos: un león con una mirada feroz, un oso con una mirada triste y un gallo con una mirada inquietante. Su actitud es menos reservada.

En la entrevista de ingreso a P se observa que un exceso en las formas y en la palabra lo habitan. Ha estado en diversos centros penitenciarios del país, padece dependencia a un derivado del opio, no recuerda el inicio, la prisión es un límite: “¿Para qué voy a estar colocado encerrado entre estas paredes?”. La técnica pregunta: “¿Fuera para qué te vale?”. No contesta, habla de su perra, a la que manifiesta un gran cariño: “En casa tira el material para que no consuma”. Relata que no pudo impedir que una ex-pareja vendiese a su hija: “No la vi nacer”. Nombra a otra hija: “La niña de mis ojos”, por la que dice solicitó su inclusión en el programa de preparación para la vida en libertad. P está restaurando un espejo para poder pintar sobre él. Al mostrarle interés por su labor y señalarle la posibilidad de escribir una carta a su hija, repentinamente P realiza un movimiento brusco y fortuito, provocando en la técnica la sensación de un peligro real. Este efecto es captado por el interno, quien contingentemente se encuentra con un Otro vivo, real, en un lugar de ley. En este momento ese Otro invasivo aparece menos mortificante para él, dando lugar a un trato diferente con los otros: solicita apuntarse a alfabetización y obsequia a la técnica con una pintura realizada sobre el cristal ya restaurado: “Es para que te proteja”.

C catalogado como un peligroso atracador, con cuarenta y dos años ha cumplido más de veinte años de condena en numerosos centros penitenciarios del país. Demanda de la técnica escucha y atención, muestra una actitud protectora a la vez que la interroga con la mirada. Le sorprende que se le dé un lugar de sujeto, lo que produce una apertura al intercambio y a la palabra: relata las actividades que realiza con su hija (N) fuera del centro penitenciario: “En casa me siento un extraño, no quiero molestar. N se adapta a mí”. La técnica responde: “¡Ella quiere que estés en casa!”.

B condenado por violencia de género y conducción temeraria, padece una severa dependencia, relata que se ha enriquecido y arruinado por partes iguales: es como si fuera una cadena. Demanda de la técnica que observe su cara marcada por el exceso, la hace testigo: “No volveré a pisar este infierno, seguiré corriendo con la moto pero en circuitos, la velocidad no me la va a quitar nadie».

En un complejo mundo que es la prisión se trató de hacer surgir efectos de dignificación, a través de la atención a lo particular algunos internos pudieron aliviar marcas que dificilmente cicatrizarán. Favorecer un lugar donde poder habitar posibilitó modificar el concepto de “penado-condenado”.

 

Sabela Boutureira Vázquez, socia de la Bilioteca de la Orientación Lacaniana de A Coruña.

 

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