Deseo de Escuela

Por Marta Serra Frediani

¿Qué deseo se pone en juego en la demanda de inscripción a una institución analítica? ¿Qué desea el sujeto? No creo que haya una respuesta única, ni siquiera la había para el propio Sigmund Freud1 cuando, en el momento que ya contaba con distintos discípulos formados, se planteó la necesidad de constituir un grupo de reflexión para lo que aportaba distintos argumentos: “Temía el abuso de que sería objeto el psicoanálisis tan pronto alcanzase popularidad” por lo que se requería un lugar desde el que decir lo que era y lo que no era el psicoanálisis; también porque sería el medio para “enseñar el modo de cultivar el psicoanálisis”; y por último, porque sería punto de encuentro en el que los partidarios del psicoanálisis se reunirían “para un intercambio amistoso y para un apoyo recíproco, después que la ciencia oficial ya había pronunciado su boycott al psicoanálisis”2.

Esas razones aducidas por Freud no son muy distintas de las que podríamos sostener como base del deseo que nos acerca, uno por uno, a nuestra Escuela. Es más, el propio Jacques Lacan eligió denominar Escuela a su asociación psicoanalítica precisamente por el sentido que dicho término tenía en la antigüedad: “Ciertos lugares de refugio, incluso bases de operación contra lo que ya podía llamarse malestar en la cultura”3. Pero además, al elegir ese término, ponía también en el fundamento de su institución la relación a su enseñanza y a la transferencia que él mismo generaba.

Hoy también se pueden desear múltiples cosas cuando uno se acerca a una institución como la Escuela: una identificación que le represente, la compañía de semejantes o el alojamiento en un Otro, pero todo ello no puede ser sin cierta inclinación, cierta puesta en valor de una enseñanza, la enseñanza del psicoanálisis dispensada por Lacan y la orientación que da a la misma Jacques-Alain Miller.

De hecho, Lacan hizo el acto de fundar una Escuela porque la enseñanza que él producía fue “valorada” -por los notables de la IPA- como causa de exclusión de dicha institución. Eso que justificó su excomunión, devino, en contrapartida, la razón de que algunos renunciaran a los oropeles de la IPA para seguirle. Siguieron su discurso porque les parecía la buena brújula para orientarse en la práctica del psicoanálisis. Por tanto, como Lacan mismo señaló4, fue su relación a la Causa analítica y la enseñanza que de ella producía lo que estuvo en el origen de la fundación de su Escuela.

Y la fundó con el propósito de que cumpliera un trabajo, “el de volver a llevar la praxis original que Freud instituyó con el nombre de psicoanálisis al deber que le corresponde en nuestro mundo, (…) denunciar en él las desviaciones y la concesiones que amortizan su progreso al degradar su empleo”5. Por eso reclamaba, en su “Acto de fundación”, que vinieran a ella los trabajadores decididos6.

Así, tanto Freud como Lacan, la institución analítica que fundaron la querían al servicio del psicoanálisis -de su perennización y su evolución- no al servicio de los psicoanalistas.

Después de ellos, para cada uno de los que nos hemos acercado a la Escuela, ¿qué orientó nuestra demanda? ¿Qué deseo había en juego? De entrada, podemos partir de la idea de que el deseo funciona como motor de búsqueda de algo que es vivido como carencia, como falta.

En mi caso, el acercamiento a la Escuela fue orientado por una falta con dos caras, falta en saber y falta en ser, y buscaba un tratamiento para ambas. Esperaba tratar la primera con el saber de otros y la segunda con la transferencia. Me encomendaba al psicoanálisis para rellenarlas o suturarlas, con lo que era claro que lo que quería no tenía nada de altruista y que, en cierto modo, ponía la Escuela a mi servicio.

Esperaba un saber y una mutación de mi ser como puros beneficios subjetivos. Sin embargo, en lo que respecta a lo social sentía que apostar por ser miembro de esa Escuela era no retroceder frente al supuesto desprestigio que podía tener el psicoanálisis, al tiempo que declararme orientada por Lacan tenía, a mis ojos, el valor de un acto reivindicativo: era una más para la causa. Quizás en esa pequeña infatuación de contarme como “una más” había algo de una posición ética que podía atisbarse.

La Universidad me había dado el título que me permitía ejercer la profesión de psicóloga, fue el lugar de una habilitación en lo social que transité sin demasiada pasión. Pero, como refugio al malestar en la cultura, a mi malestar por el hecho de ser sujeto del lenguaje, la apuesta fue el psicoanálisis.

Sin embargo, para analizarse no se requiere una Escuela, sino un analista.

Si la Escuela podía concernir en algo mi deseo era porque quería autorizarme a hacerme analista y no tenía duda de que para que eso fuera posible -como más tarde supe que decía Lacan- “el análisis es necesario, aunque no es suficiente”7, esto es, que el analista sea resultado de un análisis no le exime de formarse en psicoanálisis. En ese punto, la Escuela tenía su valor para mí, la pensaba como el lugar del que podía obtener el saber que requería. En eso -lo desconocía entonces- no era lacaniana: quería la Escuela como descanso, no como trabajo.

En consecuencia, cuando “trabajaba” lo hacía “para” la Escuela, no “en” la Escuela, erigiéndola así como un Otro exigente -casi bulímico-, un amo que me ubicaba en el lugar del esclavo y que esperaba de mí compromiso, diligencia, eficacia y eficiencia para su propio beneficio, dándome a cambio algunas porciones de saber para que se mantuviera mi dependencia de él. Por tanto, lejos de poner en acto mi deseo, respondía más bien a lo que creía que era la demanda del Otro, en el caso, el Otro que hice encarnar a la Escuela.

Y además, tenía un pequeño lío respecto a la articulación entre el trabajo de transferencia y la transferencia de trabajo. Un acto fallido me lo hizo evidente el día en que, al final de una sesión, le entregué al analista un ejemplar de la revista que acababa de editar con mi trabajo y el de algunos otros- para el Instituto del Campo Freudiano en España. Él elogió el trabajo y yo, satisfecha, me apresté a abandonar la escena sin pagar mi sesión, cosa que no le pasó por alto, requiriéndome el pago de la misma. No se trató de un “error grosero”8 por mi parte sino del deseo inconsciente de asimilar el trabajo por la extensión del psicoanálisis a un “pago” por el psicoanálisis en intensión.

Paulatinamente, mi relación a la Escuela cambió, lo que fue en paralelo a la mutación subjetiva producida en el trabajo bajo transferencia, en el cual, al cambiar el sujeto, cambió también el Otro que él mismo se había creado, construido con los retazos que, contingentemente, tomó de sus mayores. Mi Otro era una invención -como lo es el de cada cual- dado que, como aprendimos con Lacan, “el Otro no existe”. Fui despejando como me había creado un Otro a la medida de mi goce.

En lo que respecta a mi relación con el psicoanálisis, ese Otro completo que yo soportaba y sostenía -La Escuela- del que esperaba extraer y absorber el saber que me faltaba, resultó ser un Otro castrado, fundado por Lacan sobre una falta, la de la definición de psicoanalista. Por eso, Miller9 puede afirmar que “lo más importante de la Escuela no es lo que ella sabe sino lo que sabe que no sabe”, razón por la cual Lacan fundó una Escuela y no una nueva Sociedad de psicoanalistas, “una Escuela constituida alrededor de un ‘no saber qué es el analista’, pero siempre buscando saberlo”. Cosa que Lacan advirtió a los que le siguieron diciendo que en su Escuela nada autorizaba al psicoanalista a contentarse con saber que no sabe nada, “porque lo que está en juego es lo que él tiene que saber”10.

No existiendo ningún Otro que disponga del saber completo, listo para ser consumido, no hay otra vía posible que ponerse al trabajo de producir, a partir del propio trabajo en la experiencia analítica -como analizante y como analista- un saber que contribuya a elucidar lo que se juega y lo que se produce en la misma, lo que se puede alcanzar y lo que siempre se escapa.

Así, fue necesario el largo trayecto desde el amor al saber que hay –y que sin duda alguna la Escuela me ofreció y me ofrece- hasta el deseo del saber que no hay -y que me empeño desde hace algún tiempo en intentar cernir. Este deseo de saber, que fue una producción del análisis, es el que trato que sea el pivote de mi relación a la Escuela.

Hay una clara diferencia entre este nuevo deseo de saber y el ansia de saber que siempre tuve: es advertido, advertido de que su tarea no tendrá fin, dado que la respuesta última a la que aspira lo real no la entregará, no la entregará porque desconoce el lenguaje. Lo que Lacan dice de una manera hermosa: “Lo real no está de entrada para ser sabido. (…) Pero esto no es una verdad, es el límite de la verdad11.

Y encuentro que hay un paralelismo entre la constitución de todo parlêtre y la constitución de la Escuela tal como la pensó Lacan. Si el parlêtre es el resultado singular de un anudamiento que se hace imprescindible como respuesta al “no hay relación sexual” que da cuenta de algo que falta en lo simbólico para orientar la vida; de igual manera, la Escuela de psicoanálisis fue la respuesta de Lacan a la falta de definición de qué es un psicoanalista, lo que implicó un cierto anudamiento entre lo real, lo simbólico y lo imaginario que dio una orientación singular para la vida del psicoanálisis.

Entonces, si Lacan decía que “El inconsciente es la política”12, cuando hablaba de la lógica del fantasma, hoy, que empezamos a otear su última enseñanza, podríamos quizás decir que “el sinthome es la política”, la política de cada cual que lo fija a una modalidad de goce en relación a la vida, una modalidad de relación con los semejantes con los que convive y una modalidad de compromiso en las instituciones de las que forma parte.

Así pues, hacer un uso ético del sinthome es el reto que resta más allá del fin de análisis y eso, a mi entender, concierne también al deseo de Escuela.

Para nosotros hay dos experiencias que están profundamente vinculadas: la experiencia del análisis y la experiencia de la Escuela.

En la experiencia del análisis se trata de que el “deseo del análisis”13 lleve a “obtener la diferencia absoluta”. Esa diferencia absoluta no es sino la manera en que Lacan denominaba, en los tiempos del Seminario XI, la singularidad radical de cada parlêtre. El inconsciente es la elucubración de saber que cada cual se organiza en torno al agujero que lo simbólico tiene para responder a la cuestión de qué es la relación sexual. Por eso, en un análisis se busca elucidar cómo demonios se entretejieron entre si los significantes primordiales que se encontraron, aquí y allí en el mundo de les trumains14, para funcionar y organizar la vida de cada uno sin requerir participación alguna de su voluntad ni su pensamiento. Y se descubre el sentido de los síntomas, pero también como ese saber trabajaba incesantemente para mantener el tapón que permitía no enfrentar el real que itera, sin sentido, como goce del cuerpo, sin el sujeto.

En la experiencia de la Escuela, en tanto también hay en su núcleo una falta de saber incurable, se trata de proseguir una modalidad de análisis que la toma a ella y a los que la comparten, como partenaires de un deseo de saber que no ceja en intentar alcanzar a decir, o a medio decir, qué es el psicoanalista. Así pues, siempre analizantes.

 

Notas:

  1. Freud, S., “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, vol. XIV, págs. 42-43.
  2. Idem.
  3. Lacan, J., “Acto de fundación”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 256.
  4. Ibid., pág. 247: “Fundo -tan solo como siempre estuve en mi relación con la causa psicoanalítica- la Escuela Francesa de Psicoanálisis”.
  5. Ibid., p. 247.
  6. Ibid., p. 251.
  7. Lacan, J., “Nota italiana”, Otros Escritos, op. cit., pág. 328.
  8. Lacan, J., Le Séminaire, livre XXIV: L’insu que sait de l’une-bévue, lección delde marzo de 1977, publicada en Ornicar ? nº 16/17, París, 1979.
  9. Miller, J.-A., “La Escuela de Lacan”.
  10. Lacan, J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la escuela”, Otros Escritos, op. cit., pág. 268.
  11. Lacan, J., “Radiofonía”, Otros Escritos, op. cit., pág. 466.
  12. Lacan, J., El Seminario, libro XIV: La lógica del fantasma, inédito, lección del 10 de mayo de 1967.
  13. Lacan, J., El Seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2010, pág. 284.
  14. Lacan, J., Le Séminaire, livre XXV: Le moment de conclure, inédito, lección del 17 enero 1978.

 

Marta Serra Frediani, ELP, Barcelona.

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