Cuando hablamos de la experiencia de un análisis de orientación lacaniana nos referimos a la dimensión de las palabras y a la del goce, un recorrido a caballo de dos elementos heterogéneos difíciles de manejar en la transferencia. Se trata del sujeto de la palabra que tiene un cuerpo que goza. El cuerpo introduce la dimensión del goce, de lo que se satisface y en esa dimensión ya sabemos que la verdad no alcanza. Se trata de lo incurable del síntoma alojado en ese cuerpo que habla.

Pero ¿cómo producir lo imposible de decir en una cura con palabras? Dicho de otra manera, ¿cómo podemos incidir en el goce del cuerpo hablante a través de las palabras?

Esto nos interroga acerca del estatuto de la interpretación en el recorrido que va desde el inconsciente transferencial, cuyo mecanismo se comprueba como indispensable en la experiencia de un análisis, al inconsciente real como efecto a producir según la orientación y la posición del analista. Esto no está asegurado de antemano.

Se podría decir que frente al enigma del deseo del Otro o frente a lo real como agujero en lo simbólico, la verdad y el fantasma dan sentido a lo que queda como agujero o traumatismo para cada analizante.

En mi experiencia, hacia el final del análisis, había llegado a un punto de reducción fantasmático demasiado consistente. Yo le decía al analista que casi todo se reducía a un enunciado materno, a una escena infantil y a las respuestas que me había dado frente al real del padre.

Una interpretación del analista socavó esa consistencia que impedía vislumbrar el núcleo de goce.

-“Admiración, hacerse admirar, eso es la demanda, pero, ¿qué deseo hay detrás de ello?”.

A esta pregunta acerca del deseo, un sueño respondió inmediatamente poniendo en evidencia un modo singular de goce velado por el fantasma. Paradojas de las consecuencias.

Jacques-Alain Miller subraya en su curso La fuga del sentido que podemos pensar la interpretación como un despertar. Esta formulación siempre me interesó mucho. Hay varios tipos de despertar. Está el despertar del interés, cuando algo se hace causa de deseo. Entonces, saludamos lo que permite salir del aburrimiento. “Sin duda la interpretación debe tener efectos de despertar en este sentido, debe movilizar la libido y luego ligarse al Otro en lo que llamamos la transferencia -esperando que algo más advenga”1-.

Pero está también el despertar de la pesadilla, tal y como Lacan lo dice en el Seminario 11, con “algo que produce horror, y de lo que no se quería saber nada más, hasta el punto de que despertamos para, como dice Lacan, continuar soñando con los ojos abiertos, para no continuar el sueño de horror. Allí, en la pesadilla, hay un verdadero encuentro con el Otro, el verdadero Otro, es decir, lo real”2.

Miller nos dice que en el fondo sería necesario poder pensar la interpretación como una pesadilla, y una pesadilla de la que, además, no despertaríamos, no podríamos huir despertándonos. Es una manera de articular la interpretación con lo real, y no con el significado sobre el significante o un significante más.

En mi experiencia no solamente fue necesario que fuesen franqueados los restos fantasmáticos y el encuentro con el propio deser, sino que también hizo falta que el analista introdujera la incompletud y el sinsentido a través del corte y sus silencios, para entrar en el último tramo.

Esto quiere decir que analizarse es hacer la experiencia de la fuga del sentido y que es de la posición del analista, de su acto, de su neutralidad respecto del sentido que depende que esta otra dimensión se abra.

En el Seminario 24, Lacan dirá que la neutralidad analítica es justamente esa subversión del sentido. El franqueamiento del fantasma liberará al sujeto de su amarra y lo abrirá a la contingencia para poder cernir su propio real.

La sesión más corta que recuerdo. Comencé diciendo: “El análisis está hecho de piezas sueltas” y el analista me contestó “Exactamente”, dando por finalizada la sesión. Me levanté del diván y le comenté que no me daba tiempo a decirle … y me respondió: “Queda suelta”.

Esta interpretación del analista no es cualquier cosa, para un sujeto obsesivo que trata de capturar lo real por la vía del sentido. Daba vueltas en redondo como una tuerca pasada de rosca y la interpretación desarticuló este funcionamiento, introduciendo la fragmentación y el vacío como elementos imprescindibles para que el análisis pudiera finalizar.

Vuelvo a insistir en la misma idea. La experiencia de la fuga del sentido abre la posibilidad de aislar lo real del síntoma, lo incurable y sus restos.

En el comentario a la edición inglesa del Seminario XI hay una reformulación completa del final del análisis introduciendo la dimensión de la satisfacción. Lacan renuncia a que el sentido fantasmático sea la última palabra del análisis abriendo la perspectiva del sinthome. Esta perspectiva no anula lo concerniente al atravesamiento del fantasma sino que aísla y promueve la experiencia del encuentro con el “agujero”, con el propio real, para que algo nuevo pueda advenir. Invención en la medida en que algo nuevo se puede hacer por fuera del programa de goce del fantasma. Es en ese sentido, que cada AE testimonia de esto de una manera singular.

Pero no nos engañemos, no se trata de tirar a la basura las diferentes herramientas en el plano de la interpretación que podemos extraer de la enseñanza de Lacan, sino de la función o del uso que se puede hacer de ellas, tal y como subraya Miller en su curso del 11 de mayo de 2011:

Si mi práctica evolucionó, no es por el hecho de haber abandonado la interpretación del deseo, sino por haber dejado de ordenarse en función de ella, para hacerlo a partir de un término respecto del cual no es posible para el analista prevalerse de acordarle el ser, un término que destituye al analista de ese poder creacionista conferido por la interpretación del deseo y que es una cierta potencia de la palabra, la suya propia, que es sin duda necesario aprender a adquirir. Es lo que se enseña en las supervisiones3.

Jacques-Alain Miller nos aclara que en las supervisones uno procura pasarle al debutante el método para que su palabra adquiera su potencia, que pueda ser creacionista.

¡Sorpresa! Nos dice que es necesario aprender a callarse. Es necesario que la palabra sea escasa para que tenga alcance, para retener la atención del paciente. Pero, ¡ojo! en relación al goce hay que desistir de toda intención creacionista y volverse más humildes. Miller se interroga acerca de si es necesario sustituir “interpretar” por algún otro verbo, pero ocurre que llegados a este punto desfallecen: quizá podrían reemplazarse por “constatar”, “delimitar”… pero ese vocabulario no le satisface.

Entonces, la orientación a lo real, es decir a lo incurable del síntoma, lo que hace a la especificidad del psicoanálisis, depende de la posición del analista y de su acto. De esto cada AE puede testimoniar de una manera singular, porque no hay reglas, no hay técnica, no hay indicaciones precisas, hay el acto del analista y quizá, también, la insondable decisión de parte del analizante de llegar hasta allí.

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., La fuga del sentido, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 261.
  2. Ibid., pág. 262.
  3. Inédito.

 

Santiago Castellanos, ELP, Madrid.

 

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