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“… Una puerta que se abre o se cierra, es decir, la forma más simple
de la alternancia si o no que condiciona el significante como tal”
1.

 

Volvía a casa y detuve el coche frente a la pendiente del garaje. Un señor lleva a un niño de unos tres años de la mano, están parados detrás de mí, el niño dice: “Hola”. “Hola”, respondo. El hombre dice mientras estoy sacando la llave para abrir el mecanismo: “Es que le gusta ver cómo se abre la puerta”. “Pues ya está!”, les digo, y mientras bajo la rampa, les veo por el retrovisor. Siguen ahí , el niño atento y observando cómo se abre la puerta a la oscuridad.

¿Qué interesa tanto a ese niño? No es el mecanismo, casi seguro que tiene acceso a objetos bien sofisticados ya a esta edad. Es la puerta en sí, que delimita dos espacios y que en su apertura deja lugar a otra escena, entre ambos, en el intervalo; espacio y tiempo de espera en el que se pueden alojar las fantasías, o puede surgir un real.

La puerta es, por naturaleza, del orden simbólico, y se abre a algo que no sabemos demasiado si es real o imaginario, pero que es uno de los dos. Hay disimetría entre la apertura y el cierre: si la apertura de la puerta regula el acceso, cerrado, cierra el circuito. La puerta es un verdadero símbolo, el símbolo por excelencia, aquel en el cual siempre se reconocerá el paso del hombre a alguna parte, por la cruz que ella traza entrecruzando el acceso y el cierre2.

Otros niños, quizás por eso tiene para mí relevancia esta anécdota, abren y cierran puertas repetidamente, sin espera, sin intervalo, lo hace ellos solos, no permiten que otro les abra. Son dos movimientos pero están soldados en uno, S1 sin S2; la intervención del operador acompañando al sujeto y nombrando con dos significantes puede introducir la disimetría, la diferencia.

En el caso de Dick, comentado en el Seminario 6, Jacques Lacan nos dice que el niño, que no habla y sin embargo es tan sensible a las palabras de Melanie Klein, fue a ubicarse entre dos puertas; allí situó Dick también sus pequeños objetos. Zona intermedia ni exterior ni interior “aquella donde para nosotros se sitúa el deseo”. Aunque, para Lacan, el deseo de Dick “quedó varado en esa no man´s land ”.

Y en este mismo seminario, tenemos el caso del paciente de Ella Sharpe, el de la tosecilla ante la puerta de su analista, acto inconsciente por el que hace representar su presencia pero del que Lacan destaca que el paciente se interroga ¿Qué quiere decir? Un mensaje en la forma de signo de interrogación que concierne al Otro que está en él, su inconsciente.

Lo que se revela, a través de las asociaciones que vienen después, es su propio fantasma, a saber, que si estuviese en el lugar del otro, ante todo querría no estar allí o, con más exactitud, querría ser tomado por otro3.

¿Y en la perversión? Tanto en el voyeur como en el exhibicionista, la hendidura (fence) es un elemento de estructura totalmente indispensable para el aparato del deseo. Hendija o hendidura que puede ser un telescopio, una persiana, un abrigo que se abre y cierra, una mirilla… El artificio toma el lugar del sujeto, y lo muestra reducido a la miserable función que le es propia. En la medida en que está en el fantasma, el sujeto es la hendidura4.

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 6: El deseo y su interpretación, Buenos Aires, Paidós, 2014, pág. 480.
  2. Lacan, J., El Seminario, libro 2: El Yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Buenos Aires, Paidós, 1983, pág. 446.
  3. El Seminario, libro 6: El deseo y su interpretación, op. cit., pág. 189.
  4. Idem, pág. 466.

 

Paloma Larena, ELP, Zaragoza.

 

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