El deseo, en la época del Uno solo

Por Enric Berenguer

En su curso “La orientación lacaniana”, Jacques-Alain Miller nos permite situarnos en algunas claves de la última enseñanza de Lacan que son imprescindibles para pensar el psicoanálisis del siglo XXI. ¿Qué pertinencia tienen los conceptos con los que solemos pensar nuestra práctica? Así, el de deseo no está particularmente presente en dicha enseñanza, como tampoco lo está el de transferencia1, obligándonos a un examen atento de su vigencia.

La tensión que proponemos en el título de nuestras Jornadas entre deseo y goce está destinada a interrogar la actualidad de las formas en que el sujeto hablante, bajo un régimen que ya no es el de la represión, reinventa su deseo. Estas reinvenciones se producen ahora bajo nuevas premisas, entre las cuales podemos destacar lo que en su texto En dirección a la adolescencia2, llamó una nueva alianza entre la identificación y la pulsión.

En su curso El Uno solo3, Miller indica que lo propio de la experiencia de goce es la disrupción, la ruptura respecto de la rutina del discurso. Sin embargo, podemos preguntarnos si no vivimos una época en que algo de esa misma dimensión disruptiva del goce forma parte ya de un régimen de discurso, presente tanto en la modalidad de los síntomas individuales como en lo social, incluso en lo político. Algo de sujeto actual exige la inscripción de aquello en lo que sitúa como puede su singularidad, reclama su reconocimiento.

¿Pero es esta exigencia de reconocimiento lo que podemos y debemos sostener como un deseo? De ahí la pregunta “¿Quieres lo que deseas?” no ya apuntando a la elucidación de las posibles confusiones entre el deseo y la demanda (dimensión propia de la neurosis que Lacan situó claramente en La dirección de la cura, entre otros lugares), sino propiamente a la que puede producirse entre el deseo y el goce, en los laberintos del reconocimiento. En efecto, el empuje a reconocer el derecho a gozar de cada cual es terreno abonado para ello. La cuestión del real que concierne a cada cual no se puede circunscribir en estos términos.

Declinaciones del Uno solo

Digamos que hay diversas formas de declinar el “Hay Uno”. Hacerlo desde el psicoanálisis y tenerlo en cuenta desde su ética específica no es lo mismo que declinarlo en nombre de la identidad del sujeto con su cerebro o con sus genes, o insistiendo en reducir la realidad sexual del inconsciente a alguna construcción de género garantizada por la ciencia. O incluso buscando en una comunidad de goce la equivalencia interesada entre el cuerpo de un ser hablante y el cuerpo, que sigue siendo imaginario, de una pasión colectiva.

Ello no le impide al psicoanalista, al contrario, acoger en el sujeto contemporáneo lo que tienen de genuino las manifestaciones que hay en él de cierta aspiración a un real, a veces desesperadas, incluso cuando pasen por las declinaciones de entrada más opuestas a lo que el psicoanálisis trata de obtener.

Hay diversas formas de responder a la cuestión del nexo entre deseo y goce, frente al cual diversas orientaciones se le ofrecen al ser hablante. Entre ellas hay que distinguir las soluciones que mejor puedan acoger lo singular de cada uno y oponerse a las que entregan al sujeto a los estragos de la pulsión de muerte.

El psicoanálisis no puede prometer ninguna solución al malestar de todos y cada uno. Pero se compromete a acoger aquello del síntoma de cada cual que indica la vía de un deseo sostenible. Esto implica, en efecto, una nueva alianza, no tanto con la pulsión sino con el Uno solo de cada uno, marca de goce a la que se accede más allá de la deflación del deseo fálico. Este más allá se obtiene, sin duda, en un análisis que puede ser prolongado. Pero ello no impide que su orientación esté presente desde un principio y en todo momento en la función del deseo del analista, en tanto el analista la sostiene como condición de su acto.

No se trata, por tanto, de responder por la vía de la nostalgia del padre, ni ensalzando las virtudes de la represión. Pero en ese punto de articulación, marcado por un vacío, invitamos a renunciar a las soluciones prêt-à-porter, en las que el real que concierne a cada uno es velado por alguna forma de colectivización u obturado por un nombre tomado en préstamo de los disponibles en el discurso corriente. Con todo, es importante subrayar que esto no es posible sin acoger al sujeto en los propios términos en los que se plantea y nos plantea su extravío. Incluso cuando trata de alojar su singularidad bajo un significante tomado de lo social -identidad nacional, comunidad de goce, cuestión de género o diagnóstico- importa que bajo transferencia aquel pueda alcanzar la dignidad de un síntoma, punto de partida en la búsqueda de un mejor nombre para el real que le concierne.

El nombre que damos a la extravagancia del deseo que mejor acoge la disrupción del goce traumático que concierne a cada uno es el de sinthome. Pero esta es una alianza que está por hacer para cada uno, su wo Es war, soll Ich werden.

 

Notas:

  1. Véase la intervención de Éric Laurent en el XI Congreso de la AMP, en Barcelona: « Disruption de la jouissance dans les folies sous transfert », Hebdo-Blog, núm. 133, abril de 2018.
  2. Miller, J.-A., “En dirección a la adolescencia”, El Psicoanálisis, Revista de la ELP nº 28, Madrid, 2016.
  3. Miller, J.-A., El Uno solo, curso “La orientación lacaniana” (23-marzo-2011).

 

Enric Berenguer, ELP, Barcelona.

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