Llegar a descubrir en un análisis, que la concepción que se tiene del mundo no es más que la propia manera de entender las cosas, que no es más que un mundo propio creado por el sentido que proporciona el fantasma, tiene consecuencias. Es así como es posible articular la probabilidad de que el deseo del analista se manifieste y opere, cuando se está en la posición de analista. Vale decir que este deseo es un deseo singular que surge del propio análisis, es un producto de él, “no se programa” ni es un “quiero ser analista”1. Y, para que pueda funcionar es necesario la des-subjetivación de quién ocupa ese lugar. Así, ningún analista, sea éste nominado o autorizado por sí mismo, está exceptuado o libre de intentar esclarecer su relación con el inconsciente, lo que implica una decisión ineludible de parte de quien decide ocupar el lugar de un psicoanalista. Como dice Guy Briole:

Ese deseo singular (…) se sitúa temporalmente en un momento en el que el trabajo analizante -al haber desecho las identificaciones narcisistas, movilizado y desplazado las formaciones fantasmáticas, limado el querer curar- ha conducido al analizante a ese borrado de sí mismo que se le supone para poder ocupar ese lugar2.

Existe entonces, una necesidad de análisis por parte del analista, que ya Freud en los años veinte marcaba.

En el dispositivo analítico, el deseo del analista supone un acto que el analista puede realizar, separado por lo menos por un momento, de su falta en ser, de su división subjetiva3. Ello es posible en tanto las transformaciones que van ocurriendo a lo largo de un análisis, producen mutaciones fundamentales en las relaciones del sujeto con el Otro, con el saber, con el deseo.

El Otro se va revelando como lo que es, una construcción que se hace, una ficción que sostiene la propia neurosis, un Otro que se sostiene como si deseara la castración del sujeto. Cuando es posible asumir la castración, ese Otro se torna innecesario y puede caer.

La relación al saber se transforma cuando la confusión entre Sujeto supuesto Saber y analista se aclara, y el sujeto puede así hacerse responsable de su propia existencia. El deseo del analista opera en la medida que la propia posición esté suficientemente elaborada y que no confunda lo que tiene a su cargo, cuando escucha un analizante. Tomado el deseo del analista desde su relación con lo simbólico, es entendido como la intervención que opera un intervalo entre los significantes que se producen metonímicamente en serie, a los que el sujeto está sujetado y el objeto a enganchado a la causa (4); franqueamiento que implica pasar de un “no sé” o un “no quiero saber” sobre la causa, a un “sé”. En 1973, Lacan habla del deseo de saber, precisando “que no hay analista sin que ese deseo le surja”, un deseo de saber que no sabe5.

El deseo como deseo del Otro sufre una deflación, que atañe a la cuestión del deseo del analista, en tanto se diferencia del deseo de ser analista, del deseo de ocupar el lugar del que sabe, del que cura, del que tiene poder. El análisis opera a nivel de la separación en relación con el deseo del Otro y se espera que un análisis revele los S1 que tienen función en el fantasma en tanto han permitido que esta ficción nombre y dé imagen al objeto que no tiene ningún nombre.

Poder descubrir que el deseo está determinado por la libido que lo inviste, revela que el deseo era una envoltura, entonces el objeto puede ser desinvestido y desvanecerse su brillo, lo que conocemos como la caída del objeto.

Lo descrito, acontece en un análisis y permite ubicar la significación que da el fantasma al goce, mutando las relaciones que el sujeto tenía a partir de la construcción que éste le proporcionaba. El analista no debe operar desde el fantasma, pues desde su propio análisis, ha llegado a saber que no se trata de las palabras que el analizante dice, sino de aquello que circula entre ellas, sin que el analizante lo quiera saber o lo sepa. El deseo del analista, que Lacan al final llama “saber del analista”, supone que él ha adquirido un saber sobre sí mismo que “solo adquiere valor en el psicoanálisis si le permite saber hacer de desecho en la experiencia misma”6.

 

Notas:

  1. Briole, G., “Un desplazamiento hacia lo real (El deseo del analista)”, en Freudiana , Revista de la CdC-ELP, nº 68, Barcelona, 2013, pág. 91.
  2. Ibid.
  3. Brousse, MH., “Eldeseodelanalista”, Freudiana, Revista de la CdC-ELP, nº 68, Barcelona, 2013.
  4. Miller, J.-A., Sutilezas Analíticas (curso de la orientación lacaniana 2008-2009), Buenos Aires, Paidós, 1979.
  5. Lacan, J., “Nota Italiana”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012.
  6. Ibid., pág. 308.

 

Heidi Gehler, NEL-Bolivia, La Paz.

 

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