Lacan comienza su seminario Aún percatándose de que su manera de avanzar estaba constituida por algo que pertenecía al orden del “no quiero saber nada de eso”. Añade que en su audiencia -que suponemos conformada en su mayor parte por psicoanalistas- también había un “no querer saber nada de eso”, pero preguntándose si su propio “no quiero saber nada de cierto saber” sería el mismo que el de su audiencia. Concluye diciendo que “sólo cuando el suyo les parece suficiente, pueden, si son uno de mis analizantes, desprenderse normalmente de su análisis”1.

Este párrafo nos indica en primera instancia, que en psicoanálisis, no hay otra manera de avanzar que no sea con el “no quiero saber nada de eso” en tanto el inconsciente es el saber y “el hombre (…) no sabe hacer con el saber. Es su debilidad mental”2. Digamos entonces, que al inicio, por más buena voluntad que pueda mostrar un analizante, por más transferencia que tenga con el psicoanálisis, siempre se topará con el horror a saber. ¿Pero, “eso”, es horror a qué? ¿Y fundamentalmente, cómo lograr que el paciente, quiera saber algo de “eso”?

“Eso” es lo más singular del sujeto, es un punto de inercia, de satisfacción inconsciente, donde se concentra su modo de gozar desde una posición alienada con el síntoma, inhibiciones o angustia. Esto, no se puede ver de frente. Si así sucede, generalmente se produce la huida del analizante en las primeras entrevistas. Por ello es fundamental hacer uso de la transferencia.

Será con el amor de transferencia, es decir, el amor al saber y no al deseo de saber, que el analizante podrá consentir a saber sobre ese goce y consecuentemente a su separación. Al final, la pasión de la ignorancia, advendrá como deseo de saber, que no es otro que un deseo nuevo. Pero en el análisis no hay deseo de saber, hay horror al saber, que no es más que otro nombre de la represión, nos dice Miller3.

No obstante, el final de un análisis, no es un puro saber adquirido. Hay más bien, una desuposición del Sujeto supuesto Saber que posibilitó el trayecto hasta el final. Es la separación del inconsciente tranferencial, de la novela con la que el sujeto velaba el agujero de lo real. Con ello, caen también las inhibiciones o presiones superyoicas relacionadas por ejemplo, al saber: creer que hay que leerlo todo, saberlo todo, escribirlo todo padeciendo a veces las dificultades de reducción tanto en el decir como en la escribir.

El final de análisis, permite una mayor apertura y consentimiento al acontecimiento imprevisto, a lo real que siempre adviene, al punto de imposible, lo que no cesa de no escribirse y que justamente por ello, puede permitir leer o escribir con mayor alivio. Es a partir de aquí, que entiendo lo que Lacan decía en esas primeras páginas de Aún. No es lo mismo un “no quiero saber nada de eso” en un analizante que está aún, en la transferencia de trabajo, enganchado al amor al saber sobre su inconsciente y gracias a ello, avanzando sobre su horror al saber, que el de un analista que ha podido atravesar ese horror y cernir ese punto de goce para -saber hacer de allí con- su sinthome. Es en este punto que Lacan se coloca como analizante en su enseñanza, para producir un saber, con su deseo: “El pase está justamente más allá del amor al saber, lo que no significa más allá del saber. Más allá del amor al saber comienza el deseo de saber, que pasa por el trabajo de producir saber”4. Éste. es un saber “a cielo abierto”, enseñable a todo el mundo5.

Quizás podemos pensar, que el “no querer saber nada de eso” de Lacan, o el de un Analista de la Escuela, no es un no querer saber por horror, sino un no querer saber advertido de lo real y de su posible embrollo. Es responsabilidad del analista no dejarse estar y desembrollarse cada vez, para dejar el agujero abierto y continuar bordeándolo. “Saber hacer allí es otra cosa que saber hacer —eso quiere decir desembrollarse…”6.

Es un trabajo para todo analista de una Escuela, ir contra las infatuaciones de saber y las inhibiciones que las sostienen, contra su propio horror al saber, para no hacer de su agujero un tapón, sino un agujero a bordear en soledad pero no sin los otros y el respeto a su singularidad. Dejemos el agujero abierto para que allí circule el deseo del analista de cada uno. ¿Cómo pensar ese deseo en la última enseñanza de Lacan? Para ello, tendremos estas XVII Jornadas en la ELP. ¡Despejémoslo! Será fundamental para saber hacer ahí, con nuestra Escuela, de una nueva manera.

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aún, Buenos Aires, Paidós, 1995, pág. 9.
  2. Lacan, J., El Seminario, libro 24: L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre, establecido por J.-A. Miller en la revista Ornicar? La clase citada es la del 11 de enero de 1977 y fue publicada en Ornicar? nº 14, Navarin, Paris, 1978.
  3. Miller, J.-A., El banquete de los analistas, Buenos Aires, Paidós, 2000, pág .189.
  4. Ibídem, pág. 190.
  5. Ibídem, pág. 192.
  6. Lacan, J., El Seminario, libro 24: L’insu que s it de l’une-bévue s’aile à mourre, op. cit., clase del 11.1 1977, op. cit.

 

Patricia Tassara, ELP, Valencia.

 

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