Cuando me propusieron escribir para las próximas Jornadas de la ELP en relación a la línea de trabajo “La invención del deseo” enseguida surgió una disyuntiva habitual entre “qué interesante, me encantaría” y a la vez, “pero ¿qué puedo yo decir sobre esto?”, dando cuenta de cómo el deseo trata siempre de escabullirse. Y eso es lo que me ha orientado para pensar este trabajo, la pregunta sobre lo que el neurótico inventa para sostener su deseo.

Respecto al deseo, dice Miller1 que no está preformado en el organismo, no es un instinto, no concierne a la naturaleza, sino que se sostiene en el lenguaje, es un hecho de cultura, un efecto del orden simbólico. Y que el objeto del deseo no es un objeto del cual se tenga necesidad, no es un objeto que podamos obtenerlo a través de la demanda. Su objeto no está en la realidad común, sino en el fantasma individual.

Enric Berenguer2 nos explica que los conceptos son siempre invenciones y que también el deseo es fundamentalmente una invención del sujeto, una invención que orienta al sujeto con una brújula que él mismo construye. Para Freud, el deseo aparecía en las formaciones del inconsciente de sus pacientes, pero Lacan va a encontrar una dimensión diferente del deseo, algo de otro orden, va a encontrar la presencia del fantasma en el inconsciente. Y partiendo del fantasma va a articular la idea de que el sujeto inventa y produce su propio deseo.

El fantasma no son las fantasias que el sujeto imagina. El fantasma interviene en esas fantasías, en las ensoñaciones del sujeto, pero en realidad tiene que ver con una escena original entrevista por el sujeto, una escena primaria de la relación sexual entre los padres, que en verdad, más que recordada va a ser construida por el sujeto. El fantasma entonces, más que ser interpretado como una escena imaginaria, será construido como una frase que definirá los términos en los que se juega el deseo para cada sujeto3..

Lacan plantea4 que si esa escena primitiva participa en la estructuración de la neurosis lo hace en la medida en que la invierte, y al hacerlo se abre una brecha cuyo valor traumático tiene relación con el deseo del Otro que el sujeto ha entrevisto, que ha percibido como tal, tiene que ver con algo que le resulta imposible de subjetivar, con un real que fijará un goce para el sujeto. Porque a nivel del fantasma, cada uno construye un Otro que goza, identificándose de alguna manera a ser el objeto del cual ese Otro goza, y con eso obtiene a la vez un goce que le es propio. El deseo del sujeto se sitúa entonces ante el deseo del Otro, ese deseo enigmático que lo deja sin recursos, en una posición de desamparo ante eso imposible de subjetivar.

Así vemos por ejemplo en la fobia, como el objeto fóbico se sitúa entre el deseo del sujeto y el deseo del Otro, y allí se mantiene como defensa. El miedo al objeto fóbico en la neurosis está hecho para proteger al sujeto de la proximidad de su propio deseo. Por lo tanto los síntomas sirven de interdicción entre el deseo del Otro y el propio deseo del sujeto. A través de ellos el neurótico mantiene la posibilidad de sostener su deseo, en la histeria como deseo insatisfecho y en la neurosis obsesiva como deseo imposible. Los síntomas entonces podríamos decir, son las invenciones que cada sujeto neurótico lleva a cabo para poder sostener su propio deseo.

 

Notas:

  1. Miller, J.-A. Entrevista en Le Point.
  2. Berenguer, E., La invención del deseo, conferencia en las Jornadas de Puertas Abiertas de la Sección Clínica de Barcelona el 31 de mayo del 2014.
  3. Lacan J., El Seminario libro 6: El deseo y su interpretación, Buenos Aires, Paidós, 2016, capítulo XXIV: “La dialéctica del deseo en el neurótico”, págs. 469-483.
  4. Bassols, M., “Fantasma y real en la clínica lacaniana”.

 

Elena Esther Gómez Santoyo, Socia Sede ELP, Bilbao.

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