“El psicoanálisis no es revolucionario, sino que es subversivo,
lo que no es lo mismo, y por razones que yo he esbozado,
a saber que va en contra de las identificaciones,
los ideales, los significantes amo”1.

 

Agradezco la invitación de Claudia González que me permite reseñar brevemente algunos momentos en las enseñanzas de Lacan en sus años de pertenencia como didacta en la Asociación Psicoanalítica Internacional.

Ciertamente encontramos a lo largo del Seminario y sus Escritos un montón de versiones y de intervenciones sobre el padre, desde lo que en sus primerísimas elucubraciones denomina su “retorno a Freud”, hasta sus últimas consecuencias en la vía incesante de ir mas allá del padre del psicoanálisis a condición de servirse de él como un instrumento, como una herramienta que opera y pone a cielo abierto aquello que los analistas de la IPA había rechazado al forcluir los embrollos de lo verdadero al precio de convertir Freud en un Mikado.

No está de más recordar que la práctica mainstream en Francia se encontraba en la época de los inicios de sus enseñanzas en la Asociación Psicoanalítica Internacional sumergida en la viscosidad espesa del caolín de los sentimientos contratransferenciales, y los psicoanalistas que nadaban en los espejismos de lo imaginario habían cedido al goce del sentido en detrimento de lo real del goce pulsional de la segunda tópica freudiana.

Podemos afirmar que la orientación de su enseñanza no cesó de apuntar a una desidelización tanto de la figura del padre como del significante primordial (S1), soporte de la primacía del orden simbólico, hasta reducir ambos a una función acorde a lo real del goce.

Esta serie de intervenciones y versiones sobre el padre a lo largo de sus enseñanzas en los años en que era didacta en la Asociacion Psicoanalitica Internacional implican virajes en cuyos movimientos subvierte y problematiza algunas de sus propias formulaciones.

Tomando a la letra la operación NdP verificamos que su efecto se desdobla. Reducir al padre del Edipo freudiano a un significante en primer lugar concierne a dos valencias. Podemos situar in statu nascendi lo que en años posteriores acentuará las tesis lacanianas sobre le padre en cada uno de los registros, Imaginario, Simbólico y Real, así como un punto de partida de una serie de elucubraciones sobre dos cuestiones fundamentales: la pregunta de saber qué es un nombre y las vicisitudes concomitantes al acto de nombrar.

En segundo lugar, si tenemos en cuenta que el uso de la metáfora tiene por función perforar a un concepto, la metáfora paterna localiza la fuga del sentido con la consiguiente imposibilidad real de anudar a la Saussure un significado a un significante.

Lacan explicita en el seminario de Las relaciones de objeto (1956-57), que no todo real es metaforizado por la Aufhebung fálica . Este seminario marca un desdoblamiento en la satisfacción que puede obtenerse en el trabajo de la transferencia, porque ciertamente si bien tiene lugar una satisfacción en el orden semántico, al tiempo insiste una segunda satisfacción que no procede ni de la palabra, ni del lenguaje y que permanece narcisísticamente inerte.

Lacan retomará la falta radical de objeto en Freud al poner a cielo abierto que para cada quien -sea hombre o mujer- el hallazgo de objeto erótico de las relaciones amorosas encontrado será inexorablemente discordante con el objeto buscado de una primera satisfacción, que está radicalmente perdido.

La sexualidad real es un agujero en el mar de los saberes que determina de manera contingente las variaciones de lo que cada serdicente pueda semblantizar sobre el amor y el deseo alrededor de este agujero de saber.

Tres años después en el seminario La ética del Psicoanálisis dará lugar a la hiancia que irá marcando la exclusión entre semblante y real, al tiempo que también los inicios de un goce más allá de los dos anteriores lógicamente primero ligado a las defensas que mienten sobre el das Ding freudiano.

La formalización de los fenómenos clínicos que Lacan irá despejando a medida que pone de relieve las estructuras así como los límites de la incidencia del lenguaje en el síntoma conlleva que sus colegas de la época lo acusen de tener una posición equidistante versus los sentimientos. Lacan responderá con creces a esta acusación a lo largo del curso 1962-63, mediante el subversivo seminario de La angustia, único sentimiento que en tanto índice de un real ni engaña ni se desplaza.

El seminario inexistente -a causa de su excomunión, es negociado con el consentimiento de sus pares- de la Asociación Psicoanalítica Internacional en 1964 apunta a la pluralización de los nombres del padre al sustituir S1 (“es un”) por el término “essaim”, enjambre, ambos homofónicos en francés .

Lacan se introduce ya de pleno en la búsqueda de algún decir otro que paterno que posibilite en un tratamiento psicoanalítico una salida a la roca de la castración freudiana que el amor al padre del neurótico erige en su honor y cómo no, también una salida más digna a la reivindicación fálica femenina.

Durante los años que perteneció a la Asociación Psicoanalítica Internacional, Jacques Lacan no cesó de ir a contracorriente de las identificaciones del grupo de didactas y de los ideales normativos que transmitían.

Tomó partido por el psicoanálisis en detrimento del confort de grupo que no cesa de compactarse en función de una ideología que genera, al tiempo que oculta, una voluntad de perpetuarse en el poder.

Nota:

  1. Miller, J.-A., “Punto cenit”, Política, religión y el psicoanálisis, Buenos Aires, Colección Diva, 2012, pág. 29.

 

Rosa María Calvet, ELP, Barcelona.

 

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