“Lo que me vincula al otro es que la voz está en el campo del Otro”1.

 

¿Qué sucede con los niños colmados de goce de nuestra sociedad contemporánea, que el amor exacerbado de sus padres a menudo hace obstáculo a que el goce pueda condescender al deseo? ¿Qué ocurre para que en lugar del síntoma de la pareja parental, el niño pueda encarnar el objeto de goce en su vertiente más pura de plus de goce?

No necesariamente se trata de niños identificados al objeto de goce en el fantasma materno, donde el niño, por alguna particularidad se apresta a colmar al Otro; sino que la posición de objeto que podemos captar en muchos casos, inquieta porque no llega a ser sintomática ni para el niño ni para la pareja parental.

Niños colmados de goce, para quienes la pérdida tiene lugar a condición de ser taponada con una metonimia de objetos tecnológicos, alejados de los recorridos pulsionales que bordean el cuerpo. Estos sucedáneos de objetos a, ávidamente adoptados por los niños -en connivencia al menos inicial de los padres- neutralizan la separación del objeto a, en el caso de que se haya producido; cuando no ofician de verdadera barrera al Otro que impide en momentos decisivos de la subjetivación, la obtención del resto.

Desplazado el objeto, a un externo de uso cotidiano, el nivel de pérdida tolerado se sostiene en una homeostasis, rozando el más allá del principio del placer. Por fuera del cuerpo del ser hablante, aunque el objeto se libidinice, cualquier otro gadget de la serie podrá redimir la insatisfacción en cuanto se presente, sin que el displacer recaiga directamente sobre el cuerpo pulsional.

Y, sin embargo, de la satisfacción que encuentran en una modalidad particular del objeto voz, no pueden prescindir. La voz es el objeto privilegiado que inviste el lenguaje y por ello funda al parlêtre. Si la voz no se instaura en el lugar del Otro2, éste no opera tal como comprobamos en el autismo, la voz no se cede; pero si está en el lugar del Otro, si se ha consentido a la alienación al Otro del lenguaje, la voz porta una atribución subjetiva que no es equívoca, en el decir de Miller3, por más que permanezca como aquello que del significante no participa del efecto de significación.

Esta particularidad de la voz que conocemos bien por el balbuceo, la de presentificarse como áfona y sin materialidad, supone igualmente que tras la operación de incorporación de la voz del Otro, es decir, tras la inscripción del rasgo unario en el vacío del Otro, la voz conservará latente su formulación indecible, pero ahora tamizada por lo que del Otro retorna como anhelo sobre él. Lo que de esa voz permanezca definitivamente inaccesible al significante, se retroalimentará en un plus de goce que, por no poder decirse, encontrará en la contemporaneidad las coordenadas justas para poder actuarse.

¿Cuáles son esas coordenadas? Lo que Lacan señala en el final del Seminario 18: situada la caída del Edipo como operador fundamental del deseo, ¿qué dice entonces el padre en su ocaso? Dice ¡Goza!, al igual que el superyó. Es el padre inconsistente para prohibir que autoriza al goce y a su materialización.

La voz, que además se caracteriza por ser uno de los objetos que mejor escapa al circuito de la demanda, se apresta entonces a “la concretización del goce del ser hablante”4 porque remite al Uno, al momento mítico de la pulsión sin el Otro. Allí reside el poder cautivante de los objetos colmantes y calmantes que hacen serie.

Así el plus de goce puede quedar fijado como voz del superyó, en vez de permanecer en su dimensión de causa.

Sin embargo, la voz es también “entre los objetos aquel que encarna mejor la división subjetiva entre enunciado y enunciación”5 porque al hablar, el sujeto es convocado en su decir. Distinto es que pueda ocupar su lugar en el discurso. De hecho, parece lo contrario: los objetos hablan en lugar de los niños tratando de silenciar la voz insensata, muchas veces omnipresente, que viene del Otro como empuje al goce.

Avanzando en el Seminario 21 podemos leer casi como indicación clínica lo que subyace al padre destituido: su incapacidad para nombrar. “El padre es sustituido por una función que no es otra cosa que la del “nombrar para”. Ser nombrado para algo, he aquí lo que despunta en un orden que se ve… sustituir al Nombre del Padre”6.

Allí donde el deseo debería ser nombrado, el goce es autorizado, es cierto y vemos por momentos, realizarse al niño en una identificación al objeto que le permite ausentarse de lo que no es equívoco en la atribución que recibe.

¿Cómo hacer obstáculo a la adición del Uno? En principio, no podrá ser sin los objetos, para producir la enunciación de los significantes que lo vinculan al Otro por fuera de su goce, y acallar al superyó. Eso, si la demanda se produce.

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., “Jacques Lacan y la voz”, Freudiana, Revista de la CdC-ELP nº 21, Barcelona, 1997, pág. 16.
  2. Lacan, J., El Seminario, libro 16: De un Otro al otro, Buenos Aires, Paidós, 2008, pág. 235.
  3. Miller, J.-A., “Jacques Lacan y la voz”, op. cit., pág. 15.
  4. Brousse, M.-H., “La voz siendo un objeto es como la concretización del goce del ser hablante”. El Superyó: del Ideal hacia el objeto. Perspectivas políticas, clínicas y éticas, Córdoba (Argentina), Colección Grulla, Babel Editorial, 2013, pág. 62.
  5. Lacan, J., “Kant con Sade”, Escritos 2, México, Siglo XXI Editores, 2009, pág. 732.
  6. Lacan, J., El Seminario, libro 21: Los no incautos yerran. Inédito.

 

Lorena Oberlin, socia de sede, Alicante.

 

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