Si el fantasma es el marco necesario para dar forma a la modalidad de goce, recorte que permite un número de posibilidades combinatorias -no infinitas- entre, por un lado, el sujeto dividido, marcado por una falta fundamental del ser hablante, y, por el otro, el objeto a, elemento éxtimo, íntima exterioridad necesaria para materializar las distintas operaciones del sujeto en su tratamiento de la pulsión; ergo, las leyes constitutivas del ser hablante -que no son más que puntuación, demarcación de un borde- siguen operando. Por tanto, el “todo está permitido” es cacofónico al fantasma, no es fundante de la constitución del sujeto.

Ahora bien, ¿cómo pensar las consecuencias subjetivas, y por tanto, sobre el fantasma, que produce la fantasía, promovida por la época del pseudo-discurso capitalista donde fácilmente admitimos que, en términos de goce, “todo está permitido”?

Retomo aquí, la inversión lacaniana del postulado nietzscheano “Dios ha muerto, entonces todo está permitido”; para plantear lo siguiente: Ese “todo permitido” de época, es uno de los signos -ni siquiera síntoma-, que evidencia una grave avería en el registro simbólico. Es decir, si los tiempos muestran la inoperancia de la ley, es en tanto el funcionamiento simbólico parece haberse atrofiado, pulverizado, o mejor aún, dicho en términos nodales: en nuestra época, el registro simbólico, se ha soltado.

Si damos por válida esta hipótesis ¿qué hay hoy de nuevo? Pienso que en nuestra época, asistimos a una suerte de desencadenamiento melancólico generalizado, con su doble vertiente: la manía. Así, sin el apoyo en el recurso social que propinaban las leyes en sentido amplio (llámesele tradición, religión, Nombre del padre, folklore, justicia, educación…) el sujeto queda mucho más expuesto a los efectos de melancolización que produce vivir en un mundo globalizado.

Así, o bien, en su vertiente melancólica, el sujeto se ofrece como encarnación de un puro objeto de goce, de desecho, sin el soporte del velo que la imagen recubre; en vez de i(a), el a. O bien, en su vertiente maníaca, el sujeto se erige en la tarea de devenir una pura imagen, contorneando, no ya el objeto, sino la nada; en vez de i(a), i( ).

Asistimos entonces a la proliferación de una melancolización generalizada en alza, con su certeza de ruina y destrucción -delirio, por otra parte, de una aplastante sensatez- acompañado de su característica “anestesia” de goce. Podemos leer, entonces, lo que Lacan alumbró, diciendo “Si Dios ha muerto, ya nada está permitido” como una cierta oxidación del fantasma. Impotente para modular el goce, vienen en su auxilio los empujes a las adicciones, anorexias, bulimias, y la proliferación de los narcisismos, constatando una rotunda inaccesibilidad a la satisfacción.

Precisemos un poco más: la melancolía, que consideramos una psicosis porque claramente no es una neurosis, no obstante, es una psicosis muy particular. En ésta el falo es imaginario y no simbólico -dando cuenta de las dificultades con el deseo- y, en cuanto al estatuto del padre, lo que encontramos, es la obstaculización del Nombre. No obstante, el padre, de alguna manera, permanece en su dimensión real. En la melancolía, el padre es devorado, deglutido, no por la vía del Nombre, no por la vía simbólica, sino por una incorporación “canibalística”, por una vía Real1.

Entonces, tanto los efectos melancólicos propiamente dichos, como los maníacos, dan cuenta de las dificultades de los sujetos contemporáneos con el tratamiento de la pérdida, puesto que, el pseudo-discurso capitalista forcluye la falta -propia de lo simbólico-, recurso imprescindible para tratar la pérdida.

Esta melancolización contemporánea eleva a su máxima potencia, el título del Seminario 21 de Lacan: “Les Non-Dupes Errent”. Corren tiempos impregnados de la tonta lucidez de los no-incautos, que, no obstante, en su yerro -homofónico de hierro- llaman, desesperadamente, a la pluralización del padre. Sigamos entonces, nosotros psicoanalistas, por la vía de la Une-bévue, de la Una-equivocación la orientación lacaniana, siempre atenta a ser incauta de lo Real.

 

Nota:

  1. Soria, N., Duelo, melancolía y manía en la práctica analítica, Buenos Aires, Ed. del Bucle, 2017.

 

Irene Domínguez, ELP, Barcelona.

 

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