Ante el título de nuestras Jornadas, “Quieres lo que deseas”, se planteó para mí una pregunta: ¿De qué querer hablamos en psicoanálisis?

En su texto El deseo de Lacan, Miller dice que con los términos deseo y pulsión

tratamos de distinguir dos tipos de querer, dos tipos de voluntad, un querer decir y un querer gozar.

Por un lado, el deseo designa siempre una infelicidad, la misma palabra es una nostalgia. El deseo es articulado a una falta, mientras que del lado de la pulsión hay felicidad. Una felicidad que no se conoce a sí misma, pero que lo es1.

Y más adelante nos recuerda que el deseo es siempre deseo de no saber.

Así planteado, ¿cómo querer lo que se desea siendo el deseo una infelicidad?

Podemos situar, con la enseñanza de Lacan, que el deseo es la nostalgia de una hipotética pérdida que se produce al recibir una respuesta del Otro y no el objeto de la satisfacción que se espera, siendo esta respuesta una insatisfacción que se marca en el cuerpo. Esa respuesta, que por un lado podrá instituir un Otro, produce también un efecto en el cuerpo, un impacto; esa marca de insatisfacción horada un agujero, es un trauma.

Esta respuesta que se recibe, sería lo que diría lo que uno es para el Otro en su erección de vivo. Pero no deja de ser enigmática porque, en realidad, ¿qué quiere decir?, ¿qué soy yo para el Otro?, ¿qué lugar vengo a ocupar en esa falta? Es el desamparo estructural del ser hablante que necesita a un Otro que lo acoja en la vida. Y no saber cuál es el deseo del Otro es la infelicidad del sujeto.

Por otro lado, el no-objeto que se obtiene es la marca de su ausencia a partir de la cual el sujeto trata de realizarse como objeto que falta y que queda recortado como la respuesta al deseo del Otro: La causa del deseo del Otro es tal objeto y el sujeto se ofrece como dicho objeto para realizar el deseo.

Es el fantasma, pero del sujeto, no del Otro. Esa es la mentira del fantasma.

Es decir, con el fantasma uno trata de “realizar” el deseo -acentuando la palabra “realizar”, que es efectuar una acción para convertir en realidad una aspiración-.

En el fantasma el sujeto se coloca, se ofrece como el objeto que “no” colma al Otro, haciendo consistir un deseo que siempre estaría a la espera de realizarse, esto es, haciendo existir a un Otro que desea. Pero esto es una traición al deseo propio, este es el vínculo entre deseo y no-saber, es el deseo de no saber.

Pero, ¿de no saber qué?. Que el Otro no desea nada. Y que el deseo que se coloca en el Otro es el velo que oculta el deseo propio de satisfacer el goce Uno que se produjo en ese des-encuentro con la respuesta, o como lo dice Miller en el texto Leer un síntoma, donde se produce “el encuentro material de un significante y el cuerpo”2.

Significante que no significa nada sino que marca lo innombrable, lo irrepresentable del sujeto situando a éste en el vacío del agujero. Es sobre este fondo de “no hay” que se produce el hay, “hay goce”, que no es el que debería ser, el de la homeostasis, el primario del cuerpo viviente al que no le falta nada, sino el que marca el vacío de ser.

En el mismo texto, Miller señala que el cuerpo es lo que goza de sí mismo, y que eso es así para todo cuerpo viviente, pero que lo que distingue el cuerpo del ser hablante es que su goce sufre la incidencia de la palabra, que se produce un goce que no haría falta, un goce que está producido por el significante que “trastornó” lo que podemos imaginar como el goce natural del cuerpo vivo. Este goce no es primario entonces, pero sí primero en relación a la búsqueda del sentido que luego se dará a través del síntoma.

Un síntoma que, podríamos decir, rebate al fantasma como significación del deseo, y que ante el horror de saber que no hay el significante para nombrar el ser, el síntoma será una respuesta, una interpretación de ese goce del que nada se puede decir.

Vemos así que la satisfacción para el ser hablante no se logra con la obtención del objeto. Los objetos caen como desechos en su intento de saturar el agujero abierto en la existencia de lo humano, del ser de lenguaje.

Bajo esta perspectiva, el deseo siempre será una aspiración. Y aquí podemos jugar con los significados, con el sentido, pues si aspiración se puede situar como anhelo, también es la acción de introducir aire en el cuerpo.

Pero hay satisfacción. Hay goce. Esta es la felicidad que no se conoce a sí misma. Es la “reiteración inextinguible” del encuentro primero de la palabra con el cuerpo, es la iteración de la existencia. Es el goce que Lacan nombra Uno, el que marca el troumatisme, que marca el fuera de sentido, el no-hay -no hay significante que pueda dar sentido a ese significante, pues es el que inaugura la cadena-. No significa nada, no hay verdad, pero tiene valor de causa. Causar el goce del ser hablante.

Para querer lo que se desea hay que saber que se desea, no como realización, sino como satisfacción de un goce, ese goce Uno producido en el encuentro con lo que Lacan llamó la lalengua, que no es aún el lenguaje como un sistema simbólico, sino pura materialidad sonora.

El deseo entonces, puede dejar de ser una infelicidad para convertirse en un “aspirar” a partir de esa contingencia real que produce la existencia de cada uno.

Un aspirar a querer lo que se desea. Aspirar, como el título de la copla, a las cosas del querer.

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., El deseo de Lacan, Buenos Aires, Atuel- Anáfora, 2000, págs. 31 y 32.
  2. Miller, J.-A., Leer un síntoma.

 

 

Felicidad Hernández, ELP, Bilbao.

 

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