La resistencia del fantasma

De un curso antiguo de J.-A. Miller aunque recientemente editado, extraje la siguiente frase:

El fantasma se manifiesta como un obstáculo en la clínica de la experiencia analítica, y también es una resistencia a la intervención significante del analista, porque después de todo debemos abordar el fantasma del lado del analista, del lado de la interpretación analítica1.

Miller en este curso nos aporta una lectura esclarecedora del ensayo freudiano Pegan a un niño. Para Freud,

El fantasma ocupa lo que en nuestro lenguaje lacaniano es el lugar de lo real como imposible. Lo constata precisamente por la dificultad de reducir el fantasma al resto de la estructura de la neurosis2.

Ese obstáculo que resiste al trabajo analítico, a la intervención significante, permanece ajeno a la gaieté asociativa, al tiempo que se constituye como pieza fundamental en la producción de los síntomas.

Un niño por ejemplo, pide a los padres que lo traigan a consulta, transmite esa urgencia, no puede esperar, y así le recibo. Sin embargo, luego de un breve relato donde no hay nada nuevo en lo que dice, él decide que ya está y hace silencio. Le manifiesto mi sorpresa, ¿que era lo urgente? Con dificultad pudo manifestar, bajando el tono de voz, titubeando: “Sobre eso no quiero hablar, me da mucha vergüenza”.

¿En qué momento se detiene el relato? Cuando despunta una satisfacción ajena a la cantinela que trae. Podemos suponer que es allí donde está éticamente implicado, en eso que le avergüenza.

El deseo del analista

El “deseo del analista”, sintagma que propuso Lacan para dar nombre a aquello que motoriza la experiencia analítica, designa un lugar disimétrico en el dispositivo, un operador, “operador frío” -dice Miller-, y es verdad: el analista en la enseñanza de Lacan no se guía por los afectos contratransferenciales más bien debe haber conseguido desprenderse de los efectos semánticos propios, para poder acoger los de aquellos que le demandan.

Miller avanza la propuesta de que ese deseo, en tanto deseo de saber, sería un deseo de acuerdo con la voluntad de goce3 constituyendo así una “infracción a la ley del deseo”. ¿Cómo entenderlo?

Si el deseo se articula al fantasma, el fantasma es la respuesta prêt-à-porter para la angustia. En ese sentido sirve al sujeto de tapón, para seguir durmiendo… pero ¿habría un verdadero despertar?

Los AE pueden ilustrar bien sobre lo que cambió… o no, al final de su análisis.

Patrick Monribot relata, por ejemplo, la posibilidad de un amor nuevo, en tanto “puede ir más allá de lo que le permitía su neurosis”4. Cambios en el amor, en la relación con el saber. Pero hay algo más.

Lacan en el Prefacio a la edición inglesa del Seminario 115 interroga a su Escuela: ¿Por qué alguien puede querer tomar el relevo de esa función? Aunque ya no lo nombre como “deseo del analista”, inventa el procedimiento del pase para quienes quieran hystorizarse. ¿Esperaba un saber por esa vía? ¿Conmover? ¿Despertar a los que le seguían?

El control de la práctica

Un modo más de cernir lo que resiste, lo que obstaculiza el acto: aburrimiento, desazón, etc. Teniendo en cuenta que los límites de lo analizable, Lacan lo situaba en gente “perfectamente analizable”6, queda del lado del analista el saber hacer con esa “inercia de lo Real”.

En ese sentido, el control puede reorientar el extravío del acto, las divergencias del deseo.

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., Del síntoma al fantasma. Y retorno, Buenos Aires, Paidós, 2018, cap. II, pág. 25.
  2. Ibid.
  3. Miller, J.-A., El deseo de Lacan, Ed. DBC- Artes gráficas, 1995, pág. 23.
  4. Monribot, P., “El control después del pase”, Recorridos, Barcelona, Colección ELP nº 11, 2016, pág. 121
  5. Lacan, J., “Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 600.
  6. Miller, J.-A., Del síntoma al fantasma. Y retorno, op. cit., cap. IX.

 

Patricia Lombardi, ELP, Barcelona.

 

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