Pèr(e)-versiones o versiones del padre

Por Carmen Cuñat

El concepto de père-versión1, permite resignificar toda una serie de “versiones del padre” que Lacan desarrolló a lo largo de su enseñanza, pero permite también ubicar una clínica nueva, una “clínica irónica”, si se quiere, que se deduce de su enseñanza a partir de los años 70. El Nombre del padre, concepto que preside su primera enseñanza, se pluraliza al final de su segunda enseñanza bajo el modo de Los nombres del padre. Pero es solo a partir de su última enseñanza y de lo que deduce de la función del síntoma, cuando Lacan plantea una versión del padre o “padreversión” que “mina en la raíz el concepto de Nombre del padre”2, aunque, como señalará el mismo Lacan, sanciona a la vez el hecho de que “Freud sostiene todo en la función del padre”3.

En 1975, en el curso de su seminario RSI, Lacan sorprende a su auditorio señalando “que un padre solo tiene derecho al respeto, sino al amor, si el dicho amor, el dicho respeto, está perversamente (père-versement) orientado, es decir, que hace de una mujer el objeto a que causa su deseo”4. Con este neologismo, père-versement, Lacan rompe definitivamente con la idea del amor a un padre no afectado por la sexualidad, de un padre cuyo deseo estaría por encima de las veleidades terrenales. Justamente, el Dios padre erigido por la religión que Freud tanto combatió, señalando su procedencia neurótica, pero que irremediablemente él mismo reinstaló como el agente primordial de la prohibición en la escena edípica, el padre que priva al niño de la madre, y a la madre del niño, el padre que dice no, al cual habría que someterse por amor para acceder al deseo.

Aunque Lacan fue el promotor del significante del Nombre del Padre, “insignia del lacanismo”, après coup podemos decir que toda su enseñanza se orientó hacia la desidealización de esa figura, incluso de ese significante primordial con el que sostendrá la primacía del orden simbólico, para dar al padre un función acorde con lo real del goce. Sin duda, esta declinación del padre fue a la par de la declinación del concepto de deseo, y de la puesta en primer plano de la posibilidad del acceso al goce por fuera de la prohibición edípica. De hecho, la pluralización de los nombres del padre le puso en el camino de plantear que no se trataba de poner coto al goce sino de encontrar las vías por donde el deseo podría acordar con el goce imposible de negativizar.

Antes de proponer esa nueva versión del padre, Lacan, en El atolondradicho5 plantea la función de excepción que el padre tiene en la estructura. Con ello nos remite a las formulas cuánticas en donde el lugar del padre es el de aquel que no está sometido a la castración, que hace excepción a la regla de la castración para todos, logificando así la figura mítica del padre freudiano de Tótem y Tabú, producto también de la neurosis, aquel que en el mito podría tener acceso a todas las mujeres, que es asesinado y que se llevaría el goce a la tumba, engendrando la culpa.

Poco después, en el seminario RSI6, citado, Lacan asimila la función del padre a la función del síntoma siendo el síntoma un significante que porta goce, una marca de goce destinada a repetirse. El síntoma como modo de gozar y como instrumento de localización del goce. “Decir que la función del padre es equivalente a la función del síntoma implica que la función del padre, al elegir a una mujer como objeto causa de deseo, es la de trasmitir una marca de goce destinada a repetirse sintomáticamente”7.

Cualquiera, ya no solo el padre mítico, puede acceder a esa función de excepción que tiene el padre, añade Lacan en este seminario, con diferentes consecuencias, pero sólo aquel cuyo acto se presenta como un modelo particular de la función de excepción, es susceptible de ser amado o respetado como padre.

No se trata de un padre excepcional ni de un padre modelo, todo lo contrario. No se trata tampoco, en efecto, del modelo de padre que hoy en día se promociona, aquel que tendría como única tarea la de ocuparse conjuntamente con la madre del cuidado de los niños. Por supuesto, lo cortés no quita lo valiente, pero lo valiente en este caso, siguiendo a Lacan, es hacer frente a la relación sexual que no existe, a la no relación entre los sexos. Lacan presenta esta versión de padre, no como un Dios precisamente, sino como un medio-Dios, que puede o no tener síntomas, pero que con su acto “medio dice” la perversión que le es propia, es decir, “cuya causa es una mujer que se hizo con ella para hacerle niños, y que, lo quiera o no, se ocupa de ellos paternalmente”8. ¿Qué es entonces ocuparse paternalmente?: “La normalidad no es la virtud paternal por excelencia -añade Lacan- lo es solo el justo medio-decir, lo dicho en el momento, o sea, el justo no decir… un no decir en el que no se ve inmediatamente de qué se trata en lo que no dice”9. Ese padre no hace gala de su perversión, incluso la mantiene en la represión y, sin embargo, como señala Jacques-Alain Miller, muestra que su deseo está ligado a una mujer entre todas, “por eso no es Dios”, y no lo dice todo, preservando así la posibilidad del deseo, “no recubre lo real”. “Este límite es precisamente la cara operativa de lo que Lacan atribuía al padre como humanización del deseo”10.

Este padre toma sobre sí, no el goce todo para él, como lo sueña el neurótico sino la perversión inherente de la sexualidad, tal como lo planteaba Freud. Se trata de la perversión no como voluntad de goce sino como perversión común o generalizada tal como ella es ejercida por la pulsión constante, acéfala y siempre comprometida en el síntoma, por lo cual este se muestra como acontecimiento del cuerpo. Pero lo particular de esta versión del padre es que no se trata tampoco del fetichismo característico de la sexualidad masculina. Se trata más bien de un “fetichismo particular”11, como señala Éric Laurent, que no intenta velar la castración en la madre con un sustituto del falo con el cual un hombre conformará su fantasma sino que se ocupa de los objetos a de una mujer, los niños, y hace de la presencia de esa satisfacción paterna un síntoma para esa mujer que ha sido madre.

En el Seminario 23, Lacan se pregunta “¿Hasta dónde llega la père-version?”12 y se responde: “La père-version sanciona el hecho de que Freud sostiene todo en la función del padre. Y eso es el nudo bo.
 El nudo bo no es más que la traducción de […] que el amor, y por añadidura el amor que se puede calificar de eterno, se dirige al padre, en virtud de que se lo considera portador de la castración. Por lo menos, es lo que expone Freud en Tótem y tabú con la referencia a la horda primitiva. Los hijos aman al padre en la medida en que están privados de mujer”13. Esta era “la intuición de Freud”14, Lacan propone al contrario que a un padre se le puede respetar y acaso amar, si elige a una mujer entre todas para hacerla hijos, pero que no se toma por Dios, ni hace de legislador.

Del padre de Tótem y Tabú heredan esas otras versiones neuróticas del padre, que son el Padre muerto y el Padre idealizado. Bajo esas figuras se le ama al padre o se le odia, en efecto, en la medida que nos “libera” de enfrentarnos ya no solo con la castración femenina sino con el goce femenino. Frente al horror de la castración femenina, Freud ubicó el clivaje del yo ligado a la desmentida tanto en el perverso como en el neurótico, pero no fue más allá. Lacan fue más allá abordando la cuestión no solo del lado de la castración sino del lado del goce imposible de domesticar, y que recae irremediablemente del lado de lo femenino.

“Perversion no quiere decir más que versión hacia el padre”15 o, podríamos decir, parafraseando a Lacan, versión hacia el Síntoma o hacia el Sinthome, “como ustedes quieran” (16). Que el padre tiene función de síntoma en tanto que localiza un goce o hace función de Sinthome en tanto que anuda Imaginario, Simbolico y Real, esa es la función del “nudo bo” al cual Lacan nos ofrece agarrarnos en sustitución del padre de la religión, Dios Padre. Una “perversión nueva”17 quizás, que da cuenta de la subsistencia de la función del padre y del amor hacia él en un mundo en el que el discurso de la ciencia hace ya un tiempo que pretende demostrar su caducidad.

De la muy última enseñanza de Lacan, y a la luz de lo que nos descubre J.-A. Miller, podemos deducir que la padre-versión es lo que hace existir al padre. Un padre no es lo que se dice que es o que debe ser sino lo que hace.

“Lo que hace un padre, el vuestro, es lo que singulariza su deseo con una mujer entre todas”18. Es un padre particular al que se refiere, no es la esencia de padre, no es la idea de padre en la que se sostuvo hasta ahora el Nombre del padre que Lacan rescató de Freud para llevarlo a lo universal. Lo que hace cada padre desde la singularidad de su síntoma pone en función esa particularidad de la función de excepción del padre. No hay El padre, hay versiones de padre. Con esta nueva Père-version, entendida también como lo no normativo, lo no estándar, Lacan nos invita a ir de lo particular del padre a lo singular de un padre y no a lo universal.

Notas:

  1. Este término aparece por primera vez en el Seminario 22: RSI, bajo el adverbio Père-versement (perversamente). A partir de ahí Lacan usará el equivoco para declinarlo como Père-version (Padre-versión), versión del padre, versión hacia el padre.
  2. Notas tomadas en el Parlamento de Montpellier del 21 de mayo de 2011.
  3. Lacan, J., El Seminario, libro 23: El Sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006, pág. 148.
  4. Lacan, J., El Seminario de Jacques Lacan: RSI., cours 1974-75, clase del 21 de enero de 1975. Publicado en Ornicar ? nº 3, Paris, Mai 1975.
  5. Lacan, J., “El atolondradicho”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós 2012, págs. 473-523.
  6. Op. cit.
  7. Álvarez, P., “El empuje a la mujer como père-version”, Virtualia nº 31, Revista digital de la EOL, 31 de enero 2016.
  8. Lacan, J., El Seminario 22: RSI., op. cit., clase del 21 de enero de 1975.
  9. Ibid.
  10. Miller, J.-A., El Uno solo, clase del 6 de abril de 2011, curso de la orientación lacaniana, versión francesa, no editada.
  11. Laurent, É., Los niños de hoy y la parentalidad contemporánea, conferencia en Buenos Aires, 18 de mayo de 2018, disponible en youtube.
  12. Lacan, J., El Seminario, libro 23: El Sínthome, op. cit., p. 148.
  13. Ibid.
  14. Ibid.
  15. Ibid., pág. 20.
  16. Ibid.
  17. Ibid., pág. 150.
  18. Miller, J.-A., El Uno solo, op. cit., clase del 4 de mayo de 2011.

 

Carmen Cuñat, ELP, Madrid.

Comparte / Imprime este artículo
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on Facebook
Facebook
Share on Google+
Google+
Email this to someone
email
Print this page
Print