La transferencia en la época del Uno solo

La transferencia y el Uno solo

Por Xavier Esqué

Es un hecho que Lacan no habla, o muy poco, de la transferencia en su más última enseñanza. Es sabido que en esta etapa Lacan se dedica a desmontar la primacía del simbólico sobre el real y a agujerear la solidez del Otro en el registro de la verdad y del deseo, dando lugar a una nueva lectura del significante Uno: el Uno-solo en su estatuto real. A partir de ahí todas las fórmulas y referencias sobre el gran Otro ubicadas en el registro del ser y del significante tendrán que ser reformuladas por el Uno de la existencia y del goce, por el significante real: Haiuno y “No existe más que Uno”1. Esta perspectiva comporta la máxima reducción del simbólico, entre el Uno y el Otro no hay relación. Es el efecto de vértigo que produce la más última enseñanza de Lacan.

En efecto, no hay relación entre el Uno y el Otro, pero algo tiene que haber porque sino la práctica del psicoanálisis sería imposible. Lacan, en el Seminario 24, aborda el problema cuando plantea que hay un solo elemento capaz de resolver la disyunción que existe entre el simbólico y el real, este elemento es el síntoma. El síntoma es la única cosa “verdaderamente real” que conserva un sentido en lo real2, es lo único que hace excepción al sentido como Otro del real. Por eso el síntoma comanda la orientación a lo real del psicoanálisis.

No hay que olvidar que del sentido del síntoma como real, señala Lacan en La Tercera, depende el futuro del psicoanálisis3. Ahora bien, esta directa y singular relación entre el significante y el goce que asegura el síntoma es algo que no va de sí, sino que debe verificarse en cada análisis. El pase, justamente, es el dispositivo apropiado para examinar y evaluar este punto candente. Porque no hay psicoanálisis que no parta de una suposición, la suposición de que con el sentido, con la suposición de saber, es decir con lo simbólico, será posible tocar lo real. Dicho de otra manera, no hay psicoanálisis si éste no es “… capaz de perturbar en un sujeto la defensa contra lo real”4.

Lo que años más tarde, volviendo sobre el tema, J.-A. Miller vendrá a subrayar es que entre el Uno y el Otro lo que tenemos es la iteración, una iteración que hay que entender como “lo que queda de la ficción de la articulación”5. La iteración por tanto no tiene que ver con el retorno de lo reprimido sino con el retorno de lo mismo, retorno del mismo acontecimiento, pura percusión del cuerpo por la palabra, “reiteración inextinguible del mismo Uno”6. Aquí ya no se trata de desciframiento alguno.

La práctica psicoanalítica, entonces, cuando es lacaniana, no se orienta en función del ser sino en función del Uno del goce. El real del psicoanálisis es antagónico a todo esencialismo, no es compatible con la representación, lo real es afín a la ex-sistencia y no a la esencia.

Entonces, ¿qué consecuencias para la práctica?

El síntoma es ante todo una experiencia de goce, de un goce que es radicalmente autista. Para poder ser analizable, el síntoma, primero tiene que manifestarse para el sujeto como sufrimiento, como disfuncionamiento, solo entonces un sujeto puede acudir a la búsqueda de un Otro del saber para resolverlo. Si este Otro es un psicoanalista el síntoma será puesto a hablar hasta llegar a transformarse en goce parlanchín. Se genera así una creencia en el síntoma y la suposición de saber se despliega tal como establece el algoritmo de la transferencia. Es obvio que ello no se produce automáticamente, sino que es el deseo del analista, su interpretación, su acto, lo que en cada entrada de análisis autoriza la creencia en el síntoma. La creencia anuda el síntoma al inconsciente, a la suposición de saber, mientras que por otra parte el sujeto deposita el objeto causa, objeto plus de goce, en el Otro de la transferencia. El analista sostendrá la experiencia ocupando la posición de objeto, de semblante encarnado, dejándose usar como instrumento, y de este modo podrá hacerse mirada, o voz, que prestará al analizante el tiempo que dure la experiencia analítica, el tiempo que el analizante necesite para poder cernir lo que causa realmente su deseo. Entonces el analista caerá como un deshecho, como resto del proceso analítico mismo.

La experiencia psicoanalítica no se concibe sin el fermento transferencial, es el amor lo que sostiene un análisis, amor al inconsciente que inaugura la vía del inconsciente transferencial. Fue J.-A. Miller, en Comandatuba, quien planteó esta sorprendente inversión señalando que no era el sujeto supuesto saber el soporte de la transferencia sino que era la transferencia, es decir el amor, el soporte del sujeto supuesto saber: “Un psicoanálisis pide amar su inconsciente para hacer existir, no la relación sexual, sino la relación simbólica”7. Con la demanda de amor al inconsciente se hace existir una relación simbólica a partir de la cual se manufacturará un saber. La transferencia se encuentra al inicio mismo de la experiencia y también está al final de la misma, sin ella sería imposible llegar al final del análisis, y ahí al contrario de lo que algunos piensan- la transferencia no se liquida, sin ella no se llega al pase. Entonces, transferencia al inicio y transferencia al final. Pero acaso ¿todo seguiría igual? No. La transferencia no es la misma al principio y al final, se transforma de raíz, el trabajo de transferencia ligado al sujeto supuesto saber y al analista cae, acaba tornándose inesencial, ella cae para transformarse en transferencia de trabajo al psicoanálisis.

Es cierto que Lacan, en su más última enseñanza, desvaloriza el soporte de la transferencia en su articulación al sujeto supuesto saber porque considera que es un semblante, es el lado sugestión que comporta toda comunicación, es lo propio del discurso, es el significante encadenado. La intervención del analista, entonces, irá encaminada a apuntar a las resonancias de la lalengua, a reemplazar la fórmula de la transferencia como sujeto supuesto saber en supuesto-saber-leer-de- otro-modo8. Se trata de deshacer la articulación que el lenguaje propone, no se trata de leer la escritura de la palabra hablada sino de leer la materialidad de la letra totalmente desligada del ser.

La orientación a lo real entraña no ignorar la primacía del goce en su estatuto de acontecimiento de cuerpo, de ahí la importancia de considerar la singularidad del síntoma, del sinthome, una singularidad que se obtiene en la misma cura, que es producto del análisis. También entraña tomar en cuenta la nueva perspectiva introducida por la concepción del parlêtre, el cuerpo hablante, un nuevo modo de designar el ser que no tiene nada que ver con el de la filosofía. La experiencia psicoanalítica verifica, nos enseña, que el sentido siempre es segundo respecto al goce del cuerpo, esto significa que el deseo siempre está articulado a la pulsión y, más aún, que la raíz del Otro no es otra que el Haiuno del goce.

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 19, … o peor, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 196.
  2. Lacan, Jacques. Le Séminaire, livre 24: L’insu que sait de l’une bévue c’est l’amour, cours del 15.3.77, Ornicar ? nº 17/18, Paris, Navarin, 1979.
  3. Lacan, J., “La Tercera”, Intervenciones y textos 2, Buenos Aires, Manantial, 1993.
  4. Miller, J.-A., La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica, Buenos Aires, Paidós, 2003, pág. 34.
  5. Miller, J.-A., “La causa lacaniana”, Freudiana, Revista de la CdC-ELP, nº 67, Barcelona, 2013, pág. 18.
  6. Miller, J.-A., “Leer un síntoma”.
  7. Miller, J.-A., “Una fantasía”, El Psicoanálisis, Revista de la ELP, nº 9, Madrid, 2005, pág. 19.
  8. Lacan, J., Le Séminaire, livre XXV: Le moment de conclure. Inédito.

 

Xavier Esqué, ELP, Barcelona.

 

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