La invención del deseo

Por Andrés Borderías

 

“Yo inventé lo que se escribe como lo real…yo escribo

este real con la forma del nudo borromeo… Yo digo que

he inventado algo con la metáfora de la cadena borromea.

¿Qué es inventar? ¿Y qué he inventado yo? ¿Una idea?”.

J. Lacan, El sinthome1.

 

Lacan nos conduce en el final de su enseñanza a una idea de la invención y de la creación más próxima a lo real, menos deudora de un deseo articulado al fantasma.

“Inventar lo real”, “construir una mujer”, “saber hacer con el síntoma” o “reinventar el psicoanálisis”, son propuestas de Lacan para un sujeto que llevó su análisis hasta su final y cuya relación con la falta por tanto ya no está del todo obturada ni por el fantasma, el síntoma, el yo, o los ideales. En ese punto, el parlêtre se confronta con lo real del agujero de lo simbólico, es decir, con lo que no hay porque la escritura de la relación sexual es imposible, y también con lo que hay y es indescifrable e ineliminable, el goce opaco de su síntoma, acontecimiento del cuerpo.

En ese límite al sujeto le compete inventar un saber posible, un “saber hacer”. Por ejemplo, en el seminario Los no incautos yerran Lacan evoca una “recuperación amaestrada de goce” a partir del amor, un nuevo amor que ya no trata de tapar el agujero, sino de bordearlo “inventando las reglas de juego” de un tal amor que serviría, por fin, para algo más civilizado2. Si un amor como ese bordea el agujero de lo real sin obturarlo, se tratará de un vínculo borromeo que ya no está al servicio del desmentido neurótico.

Fantasma, síntoma, yo, e Ideal del yo son las respuestas que ofrece el inconsciente neurótico a la pregunta por el deseo del Otro, tal y como Lacan situó en su grafo. Son las respuestas que evitan al sujeto el encuentro directo con ese deseo enigmático y angustiante. Son respuestas al servicio del desmentido de la castración del Otro, en las que el sentido simbólico-imaginario aporta una consistencia engañosa y defensiva. En cierta medida estas respuestas son también invenciones del sujeto en la estructura, algunas más estables que otras, como es la del fantasma. Por ejemplo el fantasma sadiano es una invención del mismo orden que el imperativo kantiano, o la Dama del Amor Cortés, según desarrolló Lacan en su seminario sobre la ética3. Del mismo modo podríamos considerar la identificación de un sujeto al objeto en su fantasma como una invención del sujeto, pues no deja de ser una interpretación, tomada del decir del Otro.

Este terreno de la invención de un sentido imaginario fue explorado por Freud en El poeta y los sueños diurnos donde abordó de manera directa el proceso creativo y su relación con el deseo: “¿De dónde el poeta extrae sus temas y cómo logra conmovernos…?”4 se pregunta Freud en el inicio de ese texto de 1907. Freud exploró ahí la comunidad de estructura entre el juego infantil, regido por el deseo, el sueño, el fantasma y la obra poética. Todas estas formaciones no son en última instancia sino creaciones o invenciones al servicio de una realización imaginaria del deseo, un deseo atrapado por la cola, que no deja de ser una defensa contra lo real.

Pero lo que me interesa subrayar en esta contribución es el terreno novedoso que se abre una vez franqueado el límite del sentido. Cuando el deseo de un sujeto no está completamente capturado en estas “respuestas”, puede abrirse otro espacio no determinado por el fantasma, el yo o el Ideal. Si el análisis implica una separación que Lacan ha elaborado de distintas formas, como destitución del sujeto por el objeto en la travesía del fantasma o por lo real del síntoma, en su última enseñanza la posibilidad de invención tiene relación con el tipo de separación producido en el análisis. Cuando el sujeto se ha visto confrontado a la falta del Otro, a la falta de garantía, sólo le queda la posibilidad de inventar. Esta posibilidad puede incluso convertirse en una “necesidad de inventar” de un tipo particular, cuando se trata de lo que no cambia del síntoma. Se trata entonces de una invención pegada al hacer, un “saber hacer” nuevo con ese goce opaco del síntoma que no deja de escribirse.

Esta es la apuesta de Lacan en el seminario El sinthome, algo, que por otro lado, había anticipado algunos años antes, en su Nota italiana donde menciona la necesidad de reinventar el psicoanálisis5.

 

La escritura y la invención

Tratándose de lo real presente en su ultimísima enseñanza, la escritura toma un papel preponderante para la invención vinculada al deseo. Jaques-Alain Miller lo destaca en la última lección de su último curso sobre El Uno solo: “Lacan radicaliza el aspecto inventivo hasta el punto de decir que el psicoanálisis no se transmite sino que se reinventa en cada caso (…). El ímpetu inventivo no puede corregir lo estacionario del sinthome6.

Previamente y a lo largo de su enseñanza, Lacan ha responsabilizado al significante de los efectos de creación. Primero al señalar que el significante introduce la falta, falta fecunda, condición misma del deseo. Después, al mostrar que la creación de sentido responde al efecto de la sustitución significante en la metáfora, lo que le lleva a decir que el deseo es su interpretación. Se trata del sentido simbólico-imaginario y sus efectos de verdad, fundamento de la poiesis.

Pero con lo real, ya no es el significante y sus efectos de creación de lo que se trata, sino de la letra y de la escritura. En su seminario veintitrés Lacan explora otra cara de la relación entre la invención, el deseo y el significante. En esta exploración Lacan interroga el arte de Joyce. Joyce aún antes de escribir tenía la certeza de ser “El Artista”7. Era su deseo, un deseo sobre el que tenía certeza.

La lectura que Lacan hace del arte de escritura de Joyce es única: se trata de un tratamiento de su síntoma por la escrutura, lo que permite situar la creación artística un poco más allá de la concepción sublimatoria. Ese tratamiento constituye su sinthome, dice Lacan. Joyce gozaba de este síntoma, como lo prueban sus carcajadas mientras escribía. Gracias a su arte-sinthome y a su Ego, logró corregir la falla de su nudo. Con Joyce tenemos el ejemplo máximo de una invención sintomática que hizo que Joyce no necesitara el psicoanálisis. El síntoma borromeo que anuda RSI toma entonces el valor de una invención cuya función es equivalente a la del padre. Este es el principio de una orientación clínica que nos interesa en especial, pues nos permite leer las invenciones propias en las psicosis contemporáneas, ordinarias, y en el amplio espectro de la locura generalizada.

 

La invención de Lacan

En este mismo seminario, en el inicio del capítulo nueve, Lacan habla de cuál es su invención, la suya propia y dice: “… Hoy, ya que tengo un pretexto -es mi cumpleaños-, desearía poder verificar si sé lo que digo”. Comienza así expresando su deseo, un deseo que habrá de ser verificado, no como el de Joyce. Este deseo de Lacan está vinculado a su transmisión y la verificación que él espera obtener proviene de su auditorio, de las preguntas, los escritos de sus oyentes, que son inventos útiles para él.

“Yo inventé lo que se escribe como lo real…yo escribo este real con la forma del nudo borromeo… yo digo que he inventado algo con la metáfora de la cadena borromea. ¿Qué es inventar? ¿Y qué he inventado yo? ¿Una idea? …en lo que llamo lo real, he inventado, porque esto se me impuso… es mi síntoma…es mi manera de llevar a su grado de simbolismo, al segundo grado, la elucubración freudiana…”8.

Según Lacan, su invención de lo real es su respuesta sintomática a la invención del inconsciente por Freud. La invención a partir del síntoma hunde sus raíces en lo real e implica una práctica des-sublimatoria, como lo afirma Jacques-Alain Miller en su curso El Uno solo9.

Al contrario, cuando se proponía en el final del análisis la sublimación o el devenir escritor o artista, se hacía en nombre de una idea del arte que Lacan discute en El Sinthome, donde muestra que el arte tiene su origen en lo real y es del orden del síntoma. Miller nos invita en la lección catorce de El Uno solo, “El ultrapase”10, a tratar la obra de arte a partir de la pulsión escrituaria, pulsión que hay que entender en el autoerotismo del ser hablante.

Diferentes invenciones se ponen en juego al final de un análisis para un deseo aligerado de sus repuestas imaginarias: “Inventar una mujer”, ya que La Mujer no existe, reinventar la Escuela, reinventar el psicoanálisis… Todas ellas son invenciones sintomáticas que van de la mano de un “saber hacer” con el goce opaco del síntoma.

Estos son los desafíos a los que se enfrenta el parlêtre en el “ultrapase”. Pensemos que el término “ultra” implica un más allá del pase, un “camino a seguir” que a veces tiene resultados tiempo después como algunos que hicieron el pase, lo confirman.

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 23: El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006, págs. 127-8.
  2. Lacan, J., El Seminario, libro XXI: Les non dupes errent (1973-4), clase del 12.3.1974 Inédito.
  3. Lacan, J., El Seminario, libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-60), Buenos Aires, Paidós, 1988, cap. XI.
  4. Freud, S., “El creador literario y el fantaseo” (1908 [1907]), Obras Completas, vol. IX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1984, pág. 127.
  5. Lacan, J., “Nota italiana” (1973), Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 331.
  6. Miller, J.-A, El Uno solo, curso de la Orientación laaniana 2011 inedito. Clase del 13 de junio de 2011, publicada en Freudiana, Revista de la Comunidad de Catalunya, nº 77-78, Barcelona, 2016, pág. 29.
  7. Lacan, J., El Seminario, libro 23: El sinthome, op. cit., pág. 17.
  8. Ibid., págs. 127-8.
  9. Miller, J.-A, El Uno solo, op. cit.. Clase del 25 de mayo de 2011, publicada en Freudiana, Revista de la CdC-ELP, nº 66, Barcelona, 2012, pág. 23.
  10. Idem.

 

Andrés Borderías, ELP, Madrid.

 

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