El fantasma cuando todo está permitido

Por Manuel Fernández Blanco

El fantasma es lo que viene al lugar de la imposible representación del sujeto en el momento del trauma. No hay un significante en el Otro que permita metabolizar el goce traumático, por eso el fantasma es un tratamiento, es la terapéutica del trauma.

El fantasma es el instrumento del que se dota el sujeto para tratar su castración. Para tratar su falta en ser y su falta en gozar. Para tratar, igualmente, la ausencia de un saber preestablecido sobre el modo de relacionarse sexualmente. El fantasma es una escena a la que se articula una frase. Así el fantasma le proporciona al sujeto una interpretación fundamental de la realidad. Es la matriz de toda significación posible y es, a la vez, un modo fijo de gozar.

El fantasma articula goce y deseo, por eso el fantasma responde a la lógica fálica: incluye la castración y “tiene un pie en el Otro”. Completa, con un objeto plus de goce, la pérdida de goce derivada de la castración. El fantasma constituye la única realidad a la que el sujeto tiene acceso: no hay más realidad que la fantasmática. Por eso el fantasma es una interpretación, un axioma, una frase, que organiza la repetición de un goce, siempre el mismo: la repetición de un sentido gozado. Si hay repetición es, precisamente, porque no todo el goce se deja capturar por el sentido. Sujeto y goce no se reúnen, como nos muestra el discurso del amo, que es a la vez el discurso del inconsciente:

El discurso del amo permite una producción y una separación. El sujeto y el objeto nunca se reúnen. En el discurso del amo, el fantasma sostiene la realidad y enmarca el goce, por eso es civilizador. La satisfacción del sujeto, en el discurso del amo, se hace depender de la realidad del fantasma. Pero Lacan en la conferencia que, con el título “Del discurso psicoanalítico”, dictó el 12 de mayo de1972 en la Universidad de Milán va a fundamentar como el discurso del amo va a ser modificado por el discurso capitalista, que escribe así:

En el discurso capitalista el sujeto pretende producir sus propios significantes amo y, en un movimiento circular, el sujeto se reúne con el objeto, sin que exista una barrera (de impotencia o de imposibilidad), dejando de lado la castración. Esta es una de las consecuencias de la evaporación del padre: el sujeto intenta producir su propia verdad y reunirse con su objeto, bajo la modalidad superyoica del imperativo de goce.

La consecuencia es una hipertrofia del yo, representada por el triunfo del narcisismo y por la pretensión del sujeto de autodesignarse, y determinar su verdad sin deberle nada al Otro. Por otra parte, el objeto plus de goce no solo sostiene ya la realidad en el fantasma, sino la realidad en tanto tal. Esto tiene efectos sobre el sujeto que pasa a ser fundamentalmente un individuo, un individuo consumidor, lo que aboca a la adición generalizada: un sujeto que aspira, mediante la fusión con el objeto, a superar su división igualando su recorrido al de la pulsión en su circuito.

La época de la verdad reprimida ha dejado su lugar a la de la permisividad de los goces. Por eso el objeto en juego no se confía al fantasma, lo que implica pasar por la castración y por el goce fálico. El objeto se propone en la realidad común como un objeto disponible. Por eso lo que caracteriza a la época es que el plus de goce no sostiene solo la realidad en el fantasma. Los objetos de satisfacción que se proponen en la realidad, en las estanterías del mercado global, son falsos objetos a, como subrayaba Judith Miller cuando decía: “A través de los cambios, pocas cosas de la era victoriana han resistido que podamos encontrar en el mundo globalizado, donde lo propio se caracteriza por la ruptura que opera con los ideales y los valores tradicionales, de la familia especialmente, y una plétora correlativa de plus de gozar desechables, falsos objetos a, que ofrece al consumo público en el lugar de los ideales que se han vuelto obsoletos”1.

Este carácter desechable de los falsos objetos a, que destacaba Judith Miller, conlleva que el auténtico objeto de consumo para el sujeto actual es la novedad misma. Los sujetos actuales consumen novedad. La novedad misma es el falso objeto a que se propone actualmente como remedio para tratar la insatisfacción estructural del ser humano. Es un remedio para la insatisfacción que la renueva sin cesar. La propuesta del capitalismo actual es la de que hay objetos para la satisfacción. Ese es el fantasma del capitalismo: hay objeto, en el régimen del tener. Pero, en ese registro, todos los objetos son perecederos y generadores de insatisfacción. La respuesta del capitalismo es la novedad, la novedad misma como objeto de goce, ante la caducidad crecientemente acelerada de los objetos que propone para la satisfacción.

El ofrecimiento continuo de objetos plus de goce, que borran la singularidad, produce un efecto de fatiga (de fatiga crónica, podríamos decir) al quedar capturado el sujeto por los objetos de los que se hace dependiente. La dependencia implica la prevalencia de síntomas más vinculados a la dificultad del destete y de la separación. Más vinculados al narcisismo, más regresivos. La puesta en primer plano del objeto de goce y la relación de dependencia, hace que las adicciones ocupen un lugar central en la clínica actual.

Los sujetos actuales oscilan entre la angustia, porque falta la falta, y el tedio que conduce a la depresión generalizada. La economía libidinal respecto de los bienes y su uso se ha modificado porque la compulsión consumista no es el deseo ni el placer. Es el empuje a la acumulación de los objetos que propone el mercado ignorando que el deseo no vive de objetos. El sujeto actual, en una especie de bulimia generalizada, consume sin poder parar incluso lo que no necesita para luego vomitarlo, confrontándose al vacío. Cuanto más vacío existencial, más atracón.

Las dificultades de los sujetos actuales con el deseo, también para construir sus versiones neuróticas, conducen a que lo pulsional se manifieste sin contención en la clínica, pero también en la opinión pública que cada vez más, bajo la coartada de lo políticamente correcto, procede al linchamiento de cualquier voz que se aparte del criterio establecido. Así convive la exhibición mediática sin velos del goce sexual, o del goce del horror y de la muerte, con el autoritarismo incorpóreo representado por la opinión conveniente. Paradójicamente, observamos como el reverso del discurso de la permisividad es que todo debe de estar pautado. Por eso, la época de la permisividad es al mismo tiempo la de imposición de los protocolos de obligado cumplimiento.

Este es el efecto de retorno cuando todo parece estar permitido. En la época de la permisividad de los goces, se impone una nueva dictadura: la de la opinión pública. Tan feroz como el empuje superyoico al goce. En realidad la dictadura de la opinión conveniente es la otra cara del superyó en la época en la que todo está permitido.

 

Nota:

  1. Miller, J., “El porvenir del psicoanálisis”.

 

Manuel Fernández Blanco, ELP, A Coruña.

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