El control de la práctica y el deseo del analista

Por Gabriela Medin

El par conceptual control de la práctica y deseo del analista, implica tanto la formación del analista como la política del psicoanálisis, por tanto, si bien son conceptos que vienen de lejos, se actualizan permanentemente. Me propongo revisitarlos, tomando en cuenta que la pregunta ¿qué es un analista? se sostiene en relación a un vacío y que sólo se esclarece uno por uno.

Freud planteaba el control como uno de los pilares de la formación del analista, y ya en ese momento lo ligaba al propio análisis: “En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla mediante tratamientos efectuados bajo control”1.

“Deseo del analista” es un concepto lacaniano. Lacan lo mencionó por primera vez en La dirección de la cura y los principios de su poder. En ese texto critica el concepto de contratransferencia, y se pregunta respecto del ser y el hacer del psicoanalista. Allí, afirma que “Está por formularse una ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo: para poner en su cúspide la cuestión del deseo del analista”2. Es a partir de la ética del psicoanálisis que el control toma su valor.

En su relectura de Freud, Lacan introdujo un viraje fundamental respecto de la formación del analista haciendo hincapié en que no se deviene analista por vía de la identificación. En cambio, pone el acento en el obstáculo que puede encarnar el propio analista en la dirección de la cura : “No hay otra resistencia al análisis que la del analista mismo”3. También nos alerta acerca del efecto que las pasiones del analista pueden tener sobre la misma. Tomando la metáfora del bridge nos advierte: “…Lo que es seguro, es que los sentimientos del analista sólo tienen un lugar posible en este juego, el del muerto; y si se le reanima, el juego se prosigue sin que se sepa quién lo conduce”4. Ya entonces, 1958, orienta al analista en su política afirmando que “haría mejor en ubicarse por su falta en ser que por ser”5.

Sería en el campo del “hacer” del analista que se sitúa el deseo de control. Se tratará de ubicar allí las dificultades, los impasses con el hacer.

Más adelante, Lacan liga el deseo del analista al acto: “¿Por qué medios operar honradamente con los deseos (…) cómo preservar el deseo en el acto, la relación del deseo con el acto?”6.

Pero es en otro momento clave de su enseñanza, en el año 1964, época de su excomunión de la IPA cuando ubica el deseo del analista en relación a un discurso y hace hincapié en que no es puro, está ligado al objeto y al goce: “El deseo del análisis es un deseo de obtener la diferencia absoluta. (…) No es un deseo puro”7. “No hay en el asunto solamente lo que el analista quiere hacer de su paciente. También hay lo que el analista quiere que su paciente haga de él”8.

El deseo de control puede surgir, entonces en relación a las dificultades para soportar hacer semblante del lugar de objeto que conviene en cada cura y enfrentarse al propio acto.

Si leemos a Lacan en los textos institucionales, una vez más, control y análisis aparecen articulados. En el Acto de Fundación, afirma: “El psicoanálisis se constituye como didáctico por el querer del sujeto, y que éste debe estar advertido de que el análisis pondrá en tela de juicio ese querer, en la medida misma en que vaya acercándose al deseo que encubre”9. Más adelante agrega: “Está comprobado que el psicoanálisis tiene efectos sobre toda la práctica del sujeto que en él se compromete. Cuando esta práctica procede, por muy poco que sea, de efectos psicoanalíticos, ocurre que los engendra en el lugar en que tiene que reconocerlos. Cómo no va a ver que el control se impone en el momento mismo de esos efectos y ante todo para proteger de ellos a aquél que ocupa allí la posición del paciente?”. En estos momentos fundacionales, liga el control a la responsabilidad y a la garantía, planteando que la Escuela “garantizará los controles que convienen a la situación de cada uno”.

Entiendo que deseo de análisis y control de la práctica mantienen una estrecha relación de topología moebiana, articulándose en los distintos momentos de la formación de un analista. Si sostenemos que es en el propio análisis donde se produce el deseo de analista, será en el control donde esa relación singular al psicoanálisis podrá verificarse. Es a partir de la ética del psicoanálisis que el control toma su valor.

El deseo de control no sería un deseo de saber acerca de la clínica, aunque eso esté presente, sino un deseo de mantener la orientación, orientación que nunca está del todo lograda y que se dirime con los avatares del caso (del paciente y del analista).

Cada practicante, entonces, hace distintos usos del control, según el momento de su análisis y de su formación.

Recuerdo hace tiempo, una sesión de mi análisis de control en la que luego de exponer el punto que me preocupaba del caso y de la intervención que había hecho, el analista dijo: “Está perdonada”. Quedé absolutamente desconcertada. Sólo más tarde pude ver que estas palabras tocaban un punto crucial en mi análisis en aquel momento. En el control siguiente, comenté mi desconcierto y pregunté al analista: ¿Cómo entiende usted el control? Su respuesta fue: Según… hay quien viene a mostrarme todo lo que sabe, hay quien viene a construir el caso conmigo y hay quien viene a hacerse perdonar…

La formación del analista se produce en las idas y vueltas del análisis al control.

Lacan llamó al deseo del analista un deseo inédito y lo ligó al pase, ya que es allí donde se produce el paso de analizante a analista. M.-H. Brousse denomina a ese deseo inédito, “deseo de contingencia” afirmando que “es un deseo de saber determinado por la causa del horror de saber de ‘eso’: la imposibilidad de escribir la articulación entre el goce y la diferencia sexual”10.

Cada practicante en su análisis producirá y podrá poner nombre a ese deseo inédito. En el camino, el deseo de control es lo que permite mantener la orientación por lo real.

En el curso El Uno solo, J.-A. Miller se refiere al control, planteando que lo que en él se enseña “no es, esencialmente, el arte del diagnóstico, aun cuando allí resida para el debutante su preocupación, porque quiere saber con qué tipo de sujeto tiene que vérselas; pero lo que uno procura esencialmente pasarle es el método para que su palabra adquiera potencia, que pueda ser creacionista”11. Si la palabra del analista es creacionista es porque es singular, cada quién su estilo, cada quién su sinthoma.

Precisamente la última enseñanza de Lacan, nos invita a repensar el deseo del analista. Si a partir del Seminario 23, en el final del análisis, no se trata tanto del deseo en tanto articulado a una falta en ser sino de lo que hay, del goce singular del sinthome, ¿cuál sería el operador fundamental para el analista? Miller nos dice: “La posición del analista, cuando se confronta a ese Hay de lo Uno en el más allá del pase, ya no está marcada por el deseo del analista, sino por otra función, que nos queda por elaborar, tarea a la que nos consagraremos más tarde”12. Se trata entonces de que “una vez reducida la cuestión del Otro, lo que se pone en juego en el más-allá-del-pase es la cuestión del Uno, cuya repercusión es que el sujeto sabe que habla solo; el sujeto sabe que ha reducido el delirio en función del cual pensaba comunicarse con el Otro de la verdad. Allí reside, en el fondo, el criterio más seguro en cuanto al hecho de estar ubicados en ese más-allá-del-pase”13.

Ahora bien, ¿qué lugar tendría el control después del pase?

Encuentro una orientación esclarecedora en uno de los textos que Ram Mandil ha dedicado al tema durante su trabajo de AE:

“Diría que la supervisión puede ser vista como un lugar en el que el analista -sin desconsiderar la dimensión epistémica del trabajo que allí se produce- puede dar un tratamiento al engaño que es estructural en la experiencia analítica, otorgando a los tropiezos y embarazos que el caso suscita, una dignidad real. Momento propicio para disolver la infatuación que su posición podría generar, esa infatuación que se nutre del sueño de estar libre de los tropiezos de lo real”14.

Hoy sigue vigente la afirmación de Lacan: “El psicoanálisis no tiene nada más seguro que hacer valer en su activo que la producción de psicoanalistas”15. Esta producción es responsabilidad de la Escuela y no es posible sin el control. Será interesante recoger en el camino hacia las XVII Jornadas y durante las mismas, las formas que toma el control para cada uno de los miembros de nuestra comunidad de experiencia.

 

Notas:

  1. Freud, S., “Debe enseñarse el psicoanálisis en la Universidad?”, Obras Completas, Tomo XVII, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1984.
  2. Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos 2, México, Siglo XXI Editores, 1983, pág. 595.
  3. Ibid., pág. 575.
  4. Ibid., pág. 569.
  5. Idem.
  6. Lacan, J., El Seminario, libro 8: La transferencia, Buenos Aires, Paidós, 2003, pág. 14.
  7. Lacan, J., El Seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1991, pág. 284.
  8. Ibid., pág. 165.
  9. Lacan, J., “Acto de Fundación”, Otros Escritos, Buenos Aires, 2012, pág 252.
  10. Brousse, M.-H., “Un deseo inédito”, Posición sexual y fin de análisis, Buenos Aires, Tres Haches, pág. 24.
  11. Miller, J.-A., El Uno solo, curso inédito, clase del 11 de mayo de 2011.
  12. Ibid., clase del 11 de mayo de 2011.
  13. Ibid., clase del 18 de mayo de 2015.
  14. Mandil, R., “Supervisión en análisis y después”, La bolsa, (el vacío) y la vida, Buenos Aires, Tres Haches, pág 54.
  15. Lacan, J., “Acto de fundación”, op. cit., pág. 257.

Gabriela Medin, ELP, Madrid.

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