Depresión como renuncia al deseo

Por Jesús Sebastián

Encontramos dos referencias en Jacques Lacan al lema que propone este eje de trabajo, la primera en el seminario de La Ética del psicoanálisis, concretamente en el capítulo XXIV. Dice allí: “Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo”1.

La otra en Televisión, donde dice: “Se califica por ejemplo a la tristeza de depresión, cuando se le da el alma por soporte […]. Pero no es un estado de alma, es simplemente una falla moral, como se expresaba Dante, incluso Espinoza: un pecado, lo que quiere decir una cobardía moral, que no cae en última instancia más que del pensamiento, o sea, del deber de bien decir o de reconocerse en el inconsciente, en la estructura”2.

En los últimos capítulos de la Ética, Lacan indica el fondo sobre el que se sitúa su trabajo en ese seminario, la pregunta sobre “las consecuencias éticas generales que entraña la relación con el inconsciente tal como lo descubrió Freud”. Es una pregunta acerca de nuestra ética de analistas que Lacan articula a la respuesta que queramos dar a la demanda de felicidad.

El análisis no es una disciplina de la felicidad y Lacan indica la disposición que conviene al analista que se halla en el momento de responder a quien le demanda la felicidad, la de recordar, no solo que lo que se le demanda no lo tiene, sino que además sabe que no existe. “Hacerse el garante de que el sujeto puede de algún modo encontrar su bien mismo en el análisis es una suerte de estafa”.

El analista no tiene para dar otra cosa que su deseo. Un deseo advertido, de que no puede desear lo imposible y del régimen económico del superyó, a saber, que cuanto más se cede a su mandato más exigente se vuelve. El olvido de este “desgarro del ser moral en el hombre” tiene graves consecuencias a la hora de concebir el final del análisis por quien habrá de situarse como analista.

Es ahí, en el corazón de su elaboración sobre la ética, donde encontramos una articulación entre la acción, y muy particularmente la acción del analista, con el deseo que la habita, hasta el punto de hacer de esa articulación el “patrón de medida de la revisión de la ética a la que nos lleva el psicoanálisis”. Es porque sabemos reconocer la naturaleza del deseo que está en el núcleo de la experiencia de la acción humana, que es posible el juicio ético “que representa esta pregunta con su valor de Juicio Final: ¿Ha usted actuado en conformidad con el deseo que lo habita?”.

Y entonces, ¿de qué deseo se trata? Desde luego no se trata de la disposición de lo que Lacan llama el servicio de los bienes. El deseo inconsciente se presenta generalmente al sujeto más bien del lado de la sorpresa, problemático, inquietante en ocasiones. Es al final de un recorrido, de un cierto trayecto de la vida que alguien puede verse llevado, incluso forzado, a tomar posición: ¿Es esto mi deseo? ¿Se trataba de esto? No suele, generalmente, tratarse de algo del orden de una realización lograda y, es entonces, cuando puede decidir si verdaderamente quiere eso que parece ser la expresión de su deseo, coyuntura en la que un psicoanálisis puede ser esclarecedor.

La realización del deseo se plantea siempre necesariamente desde una perspectiva de condición absoluta, de Juicio Final. “Intenten, dice Lacan, preguntarse qué puede querer decir haber realizado su deseo, si no es haberlo realizado, si se puede decir, al final.

El deseo, propone también Lacan, no es más que lo que sostiene la articulación propia de lo que nos hace arraigarnos en un destino particular, que nos remite siempre al surco de lo que es propiamente nuestro asunto en la vida. Lo que llama ceder en su deseo, se acompaña siempre en ese destino del sujeto, de alguna traición, sea que el sujeto se traiciona a sí mismo, sea que tolera que alguien le traicione. Pues bien, cuando se la tolera, cuando el sujeto cede en sus propias pretensiones, cuando impulsado por la idea del bien se compone un argumento con el que justifica su renuncia, ahí se juega algo que tendrá serias consecuencias para él. “Ahí se encuentra la estructura que se llama ceder en su deseo”. Una vez se ha franqueado ese límite, en el que el desprecio del otro y de sí mismo se presenta estrechamente anudado, ya no hay retorno.

Hay ahí, dice Lacan, un campo de experiencia que muestra que el psicoanálisis es capaz de proporcionarnos una brújula eficaz en el campo de la dirección ética.

El testimonio de Marie de la Trinité3, religiosa que siguió un tratamiento analítico con Jacques Lacan entre 1950 y 1953, muestra las consecuencias para el sujeto del ceder en su deseo. Muestra también que el sujeto pudo, por obra de la transferencia, encontrar una manera propia de articular obediencia y deseo, hasta entonces radicalmente inconciliables para ella, y seguir el surco que la orientación de su deseo venía labrando desde la infancia.

Su pasión es una experiencia amorosa radical cuyo carácter extremo, como señala Enric Berenguer4, radica en que lo que está en juego es, nada menos, la certeza de haber sido elegida como objeto de amor por Dios. A los 16 años revela a su madre el secreto de su vocación religiosa: su deseo es estar sola con Dios, “sola con Él solo”.

Cuando más tarde busca entrar en una orden contemplativa, su director espiritual le indica una orden destinada al trabajo misionero. Desde esta primera contrariedad su vida religiosa estará marcada por una dolorosa división entre su deseo de una vida de oración solitaria y las obligaciones que le impone la obediencia a las reglas de su orden y a sus superiores.

Este conflicto se instala con toda su fuerza y sus paradojas, dando la clave de la forma que adquirirán unos padecimientos que terminan afectando seriamente los amarres del sujeto a la vida. En su peripecia, cada vez que debe ceder en su deseo más íntimo, su unión con Dios, el amor de éste se le manifiesta con mayor intensidad y le reprocha no dedicarse enteramente a él5.

Cuando enferma, inicia un recorrido de consultas con un ingente número de psiquiatras y psicoanalistas. En marzo de 1950 encuentra a Jacques Lacan, quien no retrocede y, más allá de las incidencias por las que pasa la cura, acoge el sufrimiento del sujeto captando que el nudo de la cuestión es el voto de obediencia.

La carta6 que le dirige en septiembre de ese año es un testimonio vivo de su enseñanza acerca de la precisión con que puede orientarnos el psicoanálisis para dar una respuesta a la altura de la dignidad del sujeto. Le mueve a escribirle, le dice, “el (ánimo) de no dejarla sola en el desamparo en el que sentí que se encontraba en cierto momento, del todo perdida”. El objeto de las sesiones debería ser, le propone, “la acción que ha emprendido para resolver la dificultad moral en la que se encuentra”, es decir la iniciativa en la que Marie está ya comprometida y con la que se ha dirigido al analista. Pero además: “mi objetivo no es enseñarle a librarse de ese vínculo, sino, descubriendo qué lo ha hecho para usted manifiestamente tan patógeno, permitirle que lo satisfaga en adelante con toda libertad”. Esta indagación, le escribe, “no constituye una iniciación a la revuelta, sino una perspicacia indispensable para la puesta en práctica de una virtud”.

La posición y orientación de Lacan, su deseo, posibilita al sujeto un recorrido analítico.

La redacción de la memoria que Lacan le sugiere escribir sobre su estancia en Bonneval, donde ingresó para realizar una cura de sueño, le permite elaborar a posteriori esa experiencia aterradora e insoportable que la llevó al límite sin retorno del que habla Lacan en relación a la estructura del ceder en su deseo. Reconstituido el destinatario de esa experiencia, el testimonio, escrito bajo transferencia, le permite ordenar su confusión y le da coraje para iniciar, completamente sola como ella dice, su reconstrucción a partir de cero.

La propuesta de Lacan en Televisión, poniendo la tristeza sobre el término depresión y apelando a la falla, la cobardía moral, incluso al pecado, es un modo de convocar al sujeto y de no dejarlo caer. Lacan mantiene abierta todo el tiempo la dimensión ética frente a la tendencia, ahora generalizada, a la medicalización de los malestares donde depresión funciona en serie con la reivindicación del derecho a la felicidad, que termina retornando sobre el sujeto como exigencia de serlo.

Lacan señalaba en 1960 que el paso de la exigencia de la felicidad al plano político tiene consecuencias y que la promoción al límite de una globalización del servicio de los bienes, implica el rechazo de todo lo que concierne a la relación del hombre con el deseo.

Depresión es el nombre que corresponde a la imposibilidad de sostener el imperativo de felicidad en la actualidad7. Este rechazo de la tristeza no es precisamente una orientación al esfuerzo de “hallarse” en el inconsciente, sino un efecto directo de la entronización del superyó que exige la felicidad a toda costa y orienta a conseguirla por el acceso a una plétora de plus de gozar desechables, falsos objetos a, ofrecidos al consumo en el lugar de los ideales que se han vuelto obsoletos8.

Desde que ser feliz ha pasado a ser un deber, la ausencia de satisfacción hace al sujeto culpable de su infelicidad, lo que ha instalado en la civilización la depresión generalizada y la medicalización del dolor de existir9. Forma generalizada del rechazo al saber del inconsciente.

A la tristeza Lacan opone el gay saber que es, dice, “una virtud” a no ser que se enrede en el sentido, gozando del desciframiento, lo que no produce al final más que el retorno al pecado10. Esta torsión sobre la relación del sujeto con el saber tuvo una incidencia fundamental en la práctica psicoanalítica, pues rescata al análisis de la promoción del goce del desciframiento que alimenta el sentido hasta el infinito, al modo del régimen superyoico: más lo buscas, más se fuga, con las implicaciones que tiene para el final del análisis. Con el peso del sentido, el sujeto se anonada en el no querer saber, por eso Lacan, al gay saber añade el bien decir que no muerde en el sentido sino que pasa rozándolo11.

Es la ética del Bien-decir, como anota Jacques-Alain Miller en el margen del texto de Lacan. Un decir aliviado del sentido, vía por la que el sujeto, tomando apoyo en lalengua, esa modalidad singular de la lengua de cada uno que aproxima al sujeto a lo real, puede inventar un nuevo modo de respuesta.

El imperativo de gozar de todo, solidario con la caída del deseo, se acompaña también de la fragilización y del olvido de las barras (sobre S, A, φ) que son la marca de la castración, de la falta como posible de subjetivar. A ese imperativo del capitalismo triunfador sin límite, podemos oponer el contrapoder del deseo como insatisfecho, presente aún en la civilización contemporánea, el síntoma Rolling Stones como lo llama Marie Hélène Brousse: I can’t get no satisfaction12.

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 7: La ética del Psicoanálisis (1959-1960), Buenos Aires, 1988, pág., 379. Todas las referencias que hago a este seminario corresponden a los capítulos XXII, XXIII y XXIV.
  2. Lacan, J., “Television” (1973), Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, págs., 551-2.
  3. Marie de la Trinité, De la angustia a la paz, Barcelona, NED, 2018.
  4. Berenguer, E., “Posfacio”, Marie de la Trinité, De la angustia a la paz, Barcelona, op., cit.
  5. Ibid.
  6. “Carta del Dr. Lacan”, en Marie de la Trinité, De la angustia a la paz, Barcelona, op., cit.
  7. Brousse, M.-H., Un poquito más de satisfacción: I can get no. El deseo contra el superyó. ICF. Granada, 2012.
  8. Miller, Judith, El porvenir del psicoanálisis.
  9. Fernández Blanco, M., Felicidad, culpa y depresión, ICF, Granada, 2013.
  10. Lacan, J., “Television”, op. cit., pág., 552.
  11. López, Rosa, Tristeza, ¿enfermedad o cobardía moral?
  12. Brousse, M.-H., Un poquito más de satisfacción, op. cit.

 

Jesús Sebastián, ELP, Zaragoza.

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