Ante lo temido y esperado, llega la angustia, sin engaños, sin reparos. Reconocer, como palíndromo que es, se lee igual al derecho que al revés, implica un movimiento de ida y vuelta, una llamada al Otro, que le dé valor, sentido de existencia, o al menos una explicación. Pero ahora el Otro es el cuerpo, así que habrá que descubrir si ese reconocimiento puede ser un deseo, si el desciframiento de la vergüenza puede hacer algo con el vacío o si las meras interpretaciones no tienen ni ton ni son. Démosle prevalencia entonces al sinthome, para entender que el goce no está articulado al deseo y que se orienta por lo traumático en el cuerpo.

Al principio fue el amor, y se supo de la dificultad de decir algo sobre él que se sostuviera y entretanto se reveló el descubrimiento de la pulsión de muerte, los efectos del lenguaje sobre el sujeto o la irrupción del goce. En el inicio de la experiencia analítica el sujeto busca un saber, un sentido que calme la angustia, encontrando a veces verdades para descansar durante un rato, hasta que después se topa con lo real, que asusta, retorna y no responde a ningún sentido sabido. Es la época del Uno solo, la exigencia de gozar atrapa al sujeto en una búsqueda angustiante por encontrar algo con lo que reconocerse y dejar de sufrir, o seguir igual, pero al menos cumplir el imperativo actual de felicidad, gozar, conseguir todo a lo que parece ser deseado, desear para causar deseo.

En la experiencia analítica el sujeto acude, pero hay que convocarlo, se partirá de la suposición de sentido, simbólico, para poder tocar lo real y así verificar la relación singular entre el significante y el goce que asegura el síntoma, experiencia de goce autista que al principio se presenta como sufrimiento.

En la primera parte de su enseñanza, Lacan explica el descubrimiento del inconsciente y cómo el discurso engendra la dimensión de la verdad, pero sabemos que llega un momento en el que la verdad no es suficiente, o más bien, se ha agotado, ya no tiene los mismos efectos, porque le falta sentido, y entonces, después de repetir, ¿qué hacer?

¿Qué hacer cuando el sujeto se topa con su imposible, con un sin-sentido que coloca al cuerpo en el borde de un agujero siniestro, conocido y temido, que desprende calor de hogar pero que teme porque no sabe dónde le lleva, cómo evitar pensar, cómo pensar truquitos propios para encontrar soluciones? El sujeto es el soporte del significante y por tanto en la transferencia, con presencia, se tratará de sostener la acción de la palabra dicha, y poder leer cada letra, o marcas que ha dejado el acontecimiento del cuerpo del parlêtre.

Los sujetos se ven convocados para gozar de forma adictiva, compulsiva y exigente, trayendo sus síntomas a la consulta y también fuera de ella, en un lugar que a veces es ajeno y que se relaciona con lo inexplicable de lo real. Los síntomas surgen si algo no encaja: “Lo de antes no me sirve, no me reconozco”, “Ahora que por fin sé lo que quiero no lo puedo alcanzar, ¿por qué me sucede esto en el cuerpo, por qué no me responde?”. Los síntomas actuales tocan directamente la pulsión de muerte, pero se tratará de favorecer que el sujeto encuentre soluciones, solo suyas, dándole dignidad a sus síntomas propios y separando así la letra del ser. No podemos ignorar lo real y por eso apuntamos al sinthome, ese ser de goce. En estos momentos del empuje a gozar y búsqueda de salida ante la devaluación del deseo, el aburrimiento o el exceso de sentido, surgen nuevos malestares, nos encontramos nuevos síntomas, como la vergüenza ante el amor, actos que muestran el agujero a pesar de los esfuerzos por obturarlo, daños procurados, empuje a vivir a través de otros, elecciones sin saber, rechazo ante el no hay, vivencias instaladas en la pulsión de muerte.. Atenderemos pues a los restos sintomáticos, dejando atrás el concepto de pura dialéctica, aceptando el amor que se produce y está en la transferencia, que sostiene la experiencia, no para que el sujeto se encuentre a sí mismo como invitan los manuales de autoayuda para todos, sino para que pueda organizar aquello que se le presenta como propio, puro goce, y entonces trascienda, para reconocer las singularidades dejando de ser ajenas y extrañas.

Decimos que el psicoanálisis trae malas noticias, pero quizá muestre una dimensión ética posible para saber hacer con el goce opaco de cada uno, plus de insoportable, con ese acontecimiento traumático del cuerpo ante el que el sentido se ha agotado, porque en el fondo está la falta y en ella se reconoce la nada, porque la oscuridad hace que puedan darse nuevos descubrimientos, porque dicen que la luz está hecha de sombras.

 

Bibliografía:

  • Lacan, J., El Seminario, libro 8: La transferencia, Buenos Aires, Paidós, 2017.
  • Lacan, J., El Seminario, libro 10: La angustia, Buenos Aires, Paidós, 2016.
  • Miller, J.-A., El Uno solo, curso de la Orientación lacaniana, inedito. Clases del 9 de febrero del 23 de marzo y del 18 de mayo de 2011. Inédito.
  • Freud, S., “El malestar en la cultura”, Obras completas, vol. 8, Madrid, Biblioteca Nueva.

 

Paula Fuentes, Socia de Sede ELP, Madrid.

 

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