Me interesa abordar en este pequeño texto la cuestión del juego y la interpretación en torno a la práctica con niños. Los niños juegan y el estatuto que demos al juego en las sesiones con un niño orientará las intervenciones posibles. Una declinación del deseo del analista que trabaja con niños es el deseo de juego, en tanto éste supone un niño y un sujeto.

M.-H. Brousse tratando de cernir el inconsciente lacaniano plantea la

hipótesis de que los trozos de real están constituidos por la vecindad de un significante, retenido (extraído) de la batería de aquellos que constituyen a un sujeto, con un objeto que ese mismo sujeto ha perdido en una experiencia perfectamente contingente y que él se las ingenia desde entonces a situar en el Otro1.

Al final del mismo artículo plantea que el inconsciente lacaniano se parece más a una instalación de arte contemporáneo que a un cuadro colgado en una pared. Están presentes los tres registros: imaginario, simbólico y real.

El juego en el análisis de un niño puede ser pensado no sólo como una práctica significante en la que lo que importa es el discurso del niño sino como una performance.

En el niño, esos pequeños objetos soportan ciertas palabras, ciertos significantes (…). El juego que se organiza alrededor de esos pequeños objetos (los juguetes), y el juego significante, que eventualmente se despliegue, produce un “fuera de juego” en el que es posible que como efecto de esta articulación significante, se plantee un sujeto.

Las intervenciones desde el juego y en el juego atañen no sólo a lo imaginario y lo simbólico sino que también a lo real.

Ilustraré estas consideraciones acerca del juego con una viñeta clínica.

Felipe es un niño de ocho años, casi ciego. Sólo ve sombras en determinadas condiciones de luz y con un sólo ojo. Sus padres consultan porque ha comenzado con “manías” como tocarse la boca, o llevarse las manos a la boca o a la cara de forma recurrente y ansiosa. Lo hace de forma insistente y aunque se lo señalen, Felipe no puede parar. Es un niño muy listo, va a un colegio público con adaptación para su discapacidad (apoyo de Pt y material en Braille). Mi lectura inicial del síntoma es que Felipe ve habitualmente a través de sus manos, y que frente a situaciones de desorientación o de ansiedad, usa las manos como sustituto sintomático del ver aunque en ese momento no sean útiles para cumplir esa función. Por otro lado, percibo que Felipe quien tiene una vida intensa en actividades, habla y actúa en muchas ocasiones como si no hubiera subjetivado su discapacidad.

No es mi intención desarrollar el caso aquí sino dos juegos en particular:

1. Propone disponer muchos cochecitos en un sector móvil de la mesa que al cerrarse los hace caer. Debo contar los que caen mientras abrimos y cerramos hasta que no queda ninguno en la mesa. Acompaña las caídas con expresiones del tipo: “¡Uy cómo cayó ese!”. Como si los viera. Una vez caídos todos, Felipe se propone para recogerlos. Convertido en lo que denomina “observa-suelos” y “observa-sofaes”, con su superficie corporal como instrumento de observación se arrastra x el suelo, detectando y recogiendo los coches. Me solicita en ocasiones alguna pista.

2. Organiza una competición entre dos coches que deben realizar distintas pruebas que suponen golpes y obstáculos. El las diseña y me dirige verbalmente para que yo disponga los obstáculos y vaya diciendo cuál gana según se suceden las pruebas. Las competiciones se repiten, debo ir apuntando los resultados, lo que transforma el juego en un campeonato. Personifico a los coches enunciando distintas sensaciones: “¡Casi lo consigo! ¡Uy qué dolor! ¡El golpe valió la pena, mira lo que he hecho! Etc., etc.

Leo que “ver con su cuerpo” y soportar innumerables golpes es lo que le ha permitido un funcionamiento en su vida en el que la ceguera no implicaba una gran limitación. Incluso se las arreglaba de manera muy ingeniosa para jugar el fútbol con sus compañeros en el patio del colegio, con su costo en golpes y caídas.

En estos juegos Felipe ponen en escena su respuesta sintomática a la vez que alude a su ceguera. Hasta entonces la ceguera estaba a cuenta del Otro, había sido un real para sus padres en el momento de su nacimiento y ellos supieron hacer con ello, sostuvieron con su deseo a Felipe a lo largo de su primera infancia, querían que fuera un niño “normal”. Al tiempo de tratamiento Felipe le pregunta a su padre: “La gente se da cuenta de que no veo?”. El trabajo continúa.

 

Notas:

  1. Brousse,M.-H., “L’ inconscient lacanien, envers de l’inconscient des familles”, Quarto nº 88-89, pag. 25.
  2. Jorge Fukelman en Paula M.de Gainza y Miguel J. Lares, Conversaciones con Jorge Fukelman. Psicoanálisis: juego e infancia, Madrid, Editorial Lumen, 2011, pags. 105-106.

 

Gabriela Medin, ELP, Madrid.

 

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