Las Jornadas de la Escuela, que nos animan a participar, son una ocasión, una invención, para acercar el psicoanálisis a las problemáticas que afectan a los sujetos en cada momento histórico -la pregunta por el deseo, ¿Quieres lo que deseas?, es muy actual. Pero ellas también son la ocasión para despertar a la comunidad analítica de la tentación de pensar que ya ha entendido los conceptos de una vez por todas: es el momento de la puesta en cuestión de una práctica con respecto a los conceptos que se han ido estableciendo.

Un concepto en psicoanálisis se produce para dar cuenta de un funcionamiento, de un fenómeno de la clínica, pero sobre todo para dar cuenta de una práctica. Aquí podemos dar a la idea de invención todo su peso e importancia. Lacan a lo largo de su enseñanza iba produciendo nuevos conceptos, su enseñanza estaba siempre en proceso, cuando articulaba un paradigma, no se conformaba, se lanzaba a la búsqueda de una nueva articulación, cambiando el punto de mira. De este modo en la enseñanza de Lacan no hay nada a desechar: el último Lacan es tan valioso como el primero. Así el concepto de goce, no supera al concepto de deseo como podría pensarse si supusiésemos una perspectiva de progreso.

Hay un libro del escritor y filósofo Samuel Monder que tiene el mismo título que la línea de trabajo La invención del deseo. De él podemos tomar algo interesante: el autor plantea “la invención del deseo” como un hallazgo de la modernidad, algo que incide en el mundo, un más allá del discurso de las ciencias y/o la teología, un nuevo discurso acerca de las desventuras de nuestra interioridad. Lamentándose de que ya nadie escriba sobre ello a no ser en la literatura o en los tratados clínicos, dice:

El deseo no es un mero atributo del sujeto moderno… El deseo es el sujeto mismo… Es una maquinaria de producción de ideas cuya falla sistemática genera zonas de oscuridad en nuestro sistema de la realidad; se trata de una entidad bastante huidiza, frágil y paradójica que, al ocupar un lugar privilegiado en el discurso de la modernidad, genera en diversos niveles una lógica familiar: algo se nos ha escapado; había algo más que no vimos, algo que perdimos y que ya no está, o que nunca estuvo pero debía haber sido nuestro. Esto es la invención del deseo1.

Es una manera de entender el deseo como algo indecible, irrepresentable, como un destino que se impone a pesar de las advertencias de la razón.

¿Plantea el psicoanálisis el deseo como destino?

Jacques Lacan retoma de Sigmund Freud el concepto de deseo, quien a su vez lo extrae de los sueños de sus pacientes. En los primeros seminarios desarrolla la teoría de la demanda y de como ésta formatea las necesidades, pero del quinto al sexto año del Seminario realiza toda una búsqueda, a través del Witz y después de Die Traumdeutung, interesándose en cómo el sujeto puede liberarse precisamente del peso masivo de la alienación a la demanda del Otro. Y va haciendo aparecer esas figuras del Otro marcadas por algún tipo de falta. Es entonces cuando dice esa frase que moviliza a su auditorio, tal como recuerda Jacques-Alain Miller: “Este es, si lo puedo decir así, el gran secreto del psicoanálisis: S de A tachado”2. Y ahí, en ese punto de falla del Otro, el sujeto podrá incidir produciendo un dispositivo de interpretación, el fantasma.

La invención del deseo se produce en ese lugar donde aparece el límite de la omnipotencia del Otro: cuando toma nota de ese límite el sujeto construye ahí algo. Podemos decir que inventamos nuestro propio deseo y somos así partícipes de nuestro destino.

 

Notas:

  1. Monder, S., La invención del deseo, Santiago de Chile, Cuarto Propio Editorial, 2011, pág. 49.
  2. Miller, J.-A., “El Otro sin Otro”, Freudiana, Revista de la CdC-ELP, nº 68, Barcelona, 2013.

 

María Eugenia Insua, ELP, A Coruña.

 

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