Vivimos en un tiempo en el que el empuje al goce parece haber tomado el relevo del deseo, las recientes denuncias de abusos sexuales en EE. UU. son un ejemplo de una corriente que confunde el deseo con el abuso. El deseo parece haber perdido su carta de ciudadanía y lo relativo a la sexualidad solo puede ser tomado como abuso, es decir, a partir desde la perspectiva del goce. El paradigma víctima-verdugo es demasiado simple para hablar del deseo tal como lo entendemos en psicoanálisis después de Freud.

El discurso de la ciencia en el que estamos inmersos sustituye al sujeto por el individuo reducido a un cuerpo cuantificable y numerable en su alianza con el discurso capitalista en el que se trata de producir más, para consumir más y a la inversa. El discurso capitalista gira en redondo en un circuito que promueve el individualismo y la soledad de los sujetos con sus objetos de consumo, en él la castración no opera y por ende los asuntos del amor y el vínculo con el otro no son tomados en cuenta. No por nada la soledad se ha convertido en un asunto del que se ocupa el Estado; el primer Gobierno en hacerlo ha sido el inglés, con Theresa May a la cabeza, ha creado un Ministerio de la Soledad, y aunque no sabemos si el Brexit ha podido influir en esta decisión, la soledad ya tiene su ministerio y su tratamiento será ministerial.

Como psicoanalista me siento convocada a hablar del deseo contra los que quieren exterminarlo. Para el discurso analítico el deseo tiene un lugar central con la particularidad de que, cuando hablamos de deseo, hablamos de deseo inconsciente, un deseo mucho más determinante que cualquier aspiración del Yo.

El deseo es indomeñable y excéntrico al Yo, no es educable y quizá por eso la “cultura audiovisual” que nos embarga prefiere siempre hablar de pedagogía, la pedagogía cruel más afín al refrán: “La letra con sangre entra”.

Preguntarse por el propio deseo es siempre saludable, generalmente lo hacemos cuando nos pillamos in fraganti haciendo o diciendo cosas que van contra la buena opinión que tenemos de nosotros mismos.

El deseo es ineliminable de la experiencia humana que dejaría de ser humana sin el deseo, aunque éste por presentarse bajo la forma de un enigma nos angustia.

Hemos aprendido que el deseo no es la ilusión, tampoco un deseo puro, que no existe como tal y si existiera, de él solo podría esperarse lo peor. El deseo hace presente en nuestras vidas, lo otro, lo diferente, lo que nos resulta tan difícil de soportar. El deseo es el motor que nos puede llevar a querer algo por lo que nos arriesgamos y renunciar a él se paga con un precio de acedia, de tristeza.

Soportado en el fantasma como respuesta inconsciente del sujeto al enigma del deseo del Otro, al ¿qué quiere el Otro de mí? el deseo se articula al cuerpo mediante un plus de goce. Me gusta la definición que da Lacan cuando dice que el deseo es “una aporía encarnada”1 en la que la lógica y la carne van juntas. El deseo es una aporía porque es inconsciente, siempre deseo del Otro, y está encarnado como plus de gozar de la pulsión.

Así concebido, el deseo se articula a la ley que nos impone el lenguaje y llamamos castración, la que impide acceder a un todo del goce, la que implica un prohibido sobrepasar cierto límite en la búsqueda del goce.

Aquí entramos en el terreno de la ética, es decir, de la posición del sujeto frente al goce y frente al límite que le impone la castración en su manera a gozar. El sujeto puede decidir saltarse este límite o aceptarlo.

 

* Artículo publicado íntegramente en El Psicoanálisis, Revista de la ELP, nº 33, Barcelona, octubre de 2018.

 

Nota:

  1. Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos 2, México, Biblioteca Nueva, 2013, pág. 599.

 

Araceli Fuentes, ELP, Madrid.

 

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