Entrevista a Enric Berenguer

En su libro “¿Cómo se construye un caso?” que se ha reeditado ahora a partir del seminario que dictó en la NEL sobre la construcción del caso, diferencia la construcción en Freud y en Lacan. ¿Podría comentar estas diferencias en relación a cómo formulan el deseo del analizante cada uno de ellos en la construcción del caso?

El término de deseo es inaugural en lo que Freud considera su descubrimiento del inconsciente. Su tesis del sueño como realización de deseo pone al deseo en el centro de las formaciones del inconsciente, como respuesta al enigma del deseo de la histérica. Se trata de un deseo dividido entre aquella parte que es dócil a las formaciones del inconsciente -y, por tanto, es posible someterlo al más profundo deseo, el de dormir- y, otra parte, a la que le da el nombre de pulsión, refractaria a ese tipo de tratamiento. Esta otra vertiente, en consecuencia, está más bien del lado de un despertar y de la angustia. Entre ambos aspectos del deseo, hay un conflicto, una antinomia. Y la posición ética de Freud es conducir al sujeto más bien al despertar que al seguir durmiendo, con el corolario que representa su frase, tan comentada: Wo Es war, soll Ich werden -Donde ello era, debo yo advenir-. En la construcción del caso, se trata para Freud de apuntar a un reconocimiento, a una asunción de esa parte inasumible de su deseo, con el goce ignorado que lo acompaña.

Para mí, lo interesante en esta revisión de los usos del término “construcción” en Freud es que él considera que las construcciones del analista deben tratar de ir un poco más allá, en cada momento, no demasiado, de los límites en los que el neurótico está encerrado en esa construcción que al fin y al cabo es ya su neurosis. Y tiene la impresión de que con la interpretación, tal como él la concibe, no le basta para lograrlo. Como si la interpretación tal como él la concibe quedara encerrada en los términos de esa construcción que es la neurosis.

Se trata, para él, por tanto, de buscar el elemento que falta en esa lógica, en ese funcionamiento, para poder ir más allá de un horizonte que se cierra. La neurosis ha llegado todo lo lejos que podía llegar con los elementos que tiene, es ella misma una construcción que funciona, en cierto modo funciona demasiado, por eso no puede ir más allá de un límite al que seguramente ya ha llegado. Freud intuye que hay un real que no pasa, que no se revela, que no surge en la asociación libre y entonces queda fuera de la acción del análisis.

Por eso, aún manteniéndose lo más cerca posible de lo que el analizante ha construido (en sus fantasmas y sus síntomas), el analista, cree Freud, tiene que añadir algo. Esa construcción que es la neurosis necesita un añadido, el elemento que falta. Entonces, el analista tiene que construir, él también. Es una paradoja, porque se trata de un “completar” cuyo efecto debería ser un “descompletar”. Este es el callejón sin salida que Lacan se propondrá eludir.

En todo caso, esta problemática la vamos encontrando al hilo de los distintos usos que Freud hace del término “construcción”, que van más allá del uso más conocido, el de las “construcciones del analista en el análisis”. Se trata para Freud de cómo acceder a algo que estaría más allá de las formaciones del inconsciente y él se rompe la cabeza para lograrlo. ¿Cómo pasar del deseo como defensa ante la pulsión al reconocimiento de un elemento refractario, una “verdad histórica”, como él la llama, que no puede ser incluida en la historización que sigue las leyes del inconsciente transferencial? Freud busca algo, un modo de atravesar ese límite que las propias formaciones del inconsciente constituyen. Y rechaza el activismo de Ferenczi o de Reich, por ejemplo, como formas de producir ese atravesamiento.

En cuanto a Lacan, el modo de pensar el deseo del analizante en la construcción del caso pasa, de entrada, por una necesidad de situar primero más precisamente el deseo en la estructura. Eso es, por ejemplo, el grafo del deseo, que es un dispositivo que tiene aplicaciones clínicas evidentes, destinado a permitirnos situar el deseo, leerlo, separarlo de las paradojas de la demanda. Por ejemplo, para interpretarlo sin reducirlo, sin reducir lo esencial de su función. Todo lo contrario, para abrirlo aún más. En este sentido el grafo es una brújula clínica, no cabe duda. Consiste en situar el deseo como vinculado a eso de la estructura que no cierra, que no casa, en el punto de la incompletud y la inconsistencia, en el límite de la construcción subjetiva. En Lacan, muy a menudo, “construcción” es un nombre de la estructura, pero para él la estructura está siempre agujereada, ese agujero es lo más fundamental en todo ese edificio, por magnífico y complejo que parezca.

De modo que, cuando se trata de construir el caso, hay que concebirlo como la búsqueda de aquello que, precisamente, no se reduce a la estructura, aquello que la agujerea. ¿De qué modo un caso particular no sólo no se reduce a la estructura, sino que vale precisamente por esto que no se le escapa? “Deseo” fue un nombre que dio Lacan por mucho tiempo a ese elemento de subversión, presente en las formaciones del inconsciente, que habita en la demanda, en la relación con el Otro, pero siempre subvirtiéndola precisamente allí donde más parece responder a una alienación.

Y luego está la noción del fantasma, precisamente, como cierto tipo de construcción que orienta el deseo. Podemos entenderlo como construcción particular del sujeto, que Lacan se dedica a desentrañar. Pero, ¿cómo hacerlo en la cura sin que el analista se añada a esa construcción garantizándola, cerrándola, borrando el elemento de subversión que contiene? En el fantasma, la estructura y su subversión están articuladas de una forma condensada, sus dos caras están muy juntas, tocando la una a la otra. El fantasma está estructurado, pero no es “la estructura”. Allí donde parece culminarla, cerrarla, precisamente es donde la perfora. Con él, Lacan trata de situar algo que no se reduce a ninguna estructura universal, sino que se sitúa en el límite mismo en el que se pone en juego su incompletud, su imposible cierre.

Así, lo que en Freud son las “construcciones en el análisis” cede el paso a la “construcción del fantasma” en la cura. Pero esto es casi un Witz con respecto al uso del término en Freud. Se trata de construir el fantasma, es decir, de poder depurar algo de su estructura en lo que tiene de único, pero para poder trascenderlo y revelar su inconsistencia, su contingencia, que son nombres de lo real.

Con esto me parece que Lacan retoma sutilmente algunas de las paradojas del uso de la construcción por parte de Freud. Aquí, la construcción es inseparable del atravesamiento. Y está del lado de la tarea analizante. Si se trata de una construcción que cierra, entonces el analista garantizaría el fantasma. El análisis, entonces, acabaría siendo el cierre más absoluto, un completamiento de la construcción que es la neurosis misma. Esta reflexión de fondo es lo que recorre el modo discreto en que Lacan trata el término “construcción”. El modo paradójico de usarlo en la expresión “construir el fantasma en la cura” no es casual, responde a toda una reflexión.

Por supuesto, no es algo que “haga el analista”, debe ser el efecto de la dirección que imprime a la cura, su interpretación y su acto. Se trata de cómo llevar a cabo la operación que permitiría al sujeto abandonar los límites de esa construcción que da a su deseo su soporte, pero que lo encierra en una lógica sin salida.

Por otra parte, la temática freudiana del reconocimiento por parte del sujeto de su deseo ignorado también está presente en Lacan, pero en él, desde muy temprano, esto es inseparable del igualmente imposible reconocimiento del sujeto por el Otro. Es un nudo importante, que en Freud no estaba planteado. Paradójicamente, para “advenir donde el ello era”, el sujeto deberá pasar por el Otro hasta que este caiga de la ecuación, no hay acceso directo. Así, en la construcción de Lacan, el deseo del sujeto es inseparable de las paradojas de su relación con el deseo del Otro. El analista debe tenerlo en cuenta, ya que en la transferencia se encuentra precisamente en ese nudo. Por eso todo lo que hemos planteado tiene en la transferencia el nudo crucial.

 

* Entrevista realizada por Marga Auré, Teresa Colomer, Carmen Conca, Paloma Larena y Ángela Mancho, publicada íntegramente en El Psicoanálisis, Revista de la ELP, nº 33, Barcelona, octubre de 2018, en la “El Cartel pregunta”.

 

Enric Berenguer, ELP, Barcelona.

 

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