En la última enseñanza de Lacan todo eso se transforma: el acento puesto sobre la verdad -que para Lacan es la revelación de la castración del Otro- se traslada al goce; del sujeto que era una falta en ser no se habla más, y se delinea el parlêtre, cuyas consecuencias clínicas hemos intentado explorar en el Congreso de Río. Todo lo que estaba marcado por un menos se desplaza hacia algo positivo. Ya no es lo que falta lo que interesa a Lacan, sino lo que hay, y lo que hay, cuando dejamos al fondo la falta, es el agujero. La definición de lo simbólico pasa ahora por el agujero, y Lacan se ejercita con los anillos que combina de diferentes maneras en el nudo borromeo. Lo que me parece interesante es que el agujero no es relativo a una noción de orden. En la última enseñanza de Lacan no tenemos ya la búsqueda de una construcción causal del sentido que deriva del juego de la metáfora y la metonimia, tenemos más bien la idea de que lo real es sin ley. Los mecanismos deterministas del significante desaparecen, como desaparece la idea de que la lógica sea la ciencia de lo real. Lo real se opone al sentido, ¿qué ocurre entonces con la interpretación, que para Lacan básicamente forma conjunto con el deseo? No desaparece, ciertamente, pero deja de ser el eje, el elemento-guía de la experiencia analítica. No se trata ya de hacer algo con lo que falta, o al menos no sólo.

 

* Artículo publicado íntegramente en El Psicoanálisis, Revista de la ELP, nº 33, Barcelona, octubre de 2018.

 

Marco Focchi, SLP, Milán.

 

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