El parlêtre deprimido de nuestros días, cede en su deseo y su queja es acogida por la Medicina y la Psicología, que consienten con su “no querer saber nada” y lo liberan de su culpa y de su responsabilidad. No es él o ella, sino los neurotransmisores, dirá la medicina; o su baja autoestima, dirá la psicología. Los primeros le proponen sustancias para tratar su tristeza, los segundos reivindicaciones yoicas. Ambos confluyen en abocar al parlêtre, a hacer de su posición “deprimida” un modo de gozar.

Para el Psicoanálisis, la depresión es un afecto. No es un tipo clínico, tampoco un síntoma, sino un signo observable de un afecto. Los afectos de tristeza y de alegría son revelados por sus signos, mientras que el parlêtre afectado no sabe la causa de eso que lo afecta. Se impone, entonces, una clínica diferencial de la depresión.

Considerémosla, por ejemplo, a partir de la cuestión de la relación al objeto. Tal como fue aislado muy temprano por S. Freud: el afecto depresivo acompaña el trabajo de duelo que tiene por función simbolizar la pérdida del objeto y efectuar una redistribución de la libido. Para él, el sentimiento de vacío se refiere a una pérdida de un objeto a veces difícil de delimitar entre real e ideal, entre duelo y melancolía.

J. Lacan, por su parte, articula una dialéctica entre dos vacíos, el del sujeto y el del Otro, en la intersección de ambos se aloja el objeto pequeño a. En su Seminario XVII, forja una palabra nueva, las “letosas”, para nombrar los objetos fabricados por la ciencia moderna. Dichos objetos ready made, universales en tanto son los mismos para todos, se alojan en el lugar del objeto pequeño a. Son los entretenimientos de la época, y su producción, en aumento constante, parece ir de la mano de la depresión del parlêtre contemporáneo, aún cuando no situemos esto como única causa de la depresión. Son, finalmente, malos ersatzs que hacen resonar el vacío de la pulsión, creando la tristeza, el aburrimiento y el tedio. ¿El mismo goce para todos?

Es que la depresión no es un síntoma, es un término para todo uso que no es más que una máscara. No puede dar la clave de aquello que no sabría expresarse más que en singular, incluso si está en relación con lo que a todos nos incumbe: “El malestar en la civilización”.

Cuando el parlêtre cede en su deseo ante el goce, se deprime; es la depresión, podríamos decir, estructural del neurótico, versión cobardía moral, mientras que en su versión psicótica puede llegar hasta el rechazo del inconsciente.

Lacan no hace de la tristeza un estado del alma sino una falla moral, un pecado de cobardía moral cuyo resorte sitúa en un pensamiento dimisionario del deber de bien decir o del deber de reconocerse en el inconsciente. A esa falla moral le opone la ética del bien-decir, y abre así una vía radicalmente diferente para el tratamiento de la dicha depresión, la del gai–saber, el cual es una virtud.

Mónica Marin, ELP, Bilbao.

 

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