Mi trabajo como orientadora en centros escolares públicos me permite acompañar a adolescentes en un momento de tránsito entre dos modalidades de escolarización muy distintas -en secundaria se busca la quietud de los cuerpos y la escucha atenta durante seis horas diarias- y un momento vital delicado ante la irrupción de un cuerpo sexuado que produce desconcierto, sobreexcitación…

En este contexto, aquellos alumnos que presentan los denominados “trastornos de conducta” despiertan un gran malestar por manifestar un desbordamiento que trastoca el funcionamiento ideal de una clase. La sobreexcitación que les invade se acentúa cuando no es acogida como un síntoma sino rechazada como un “trastorno” a eliminar.

Marcos está adscrito a la unidad de soporte a la educación especial: en las clases hace un ruido constante, como si tocara un instrumento, cosa que desespera a todos. Introduzco en la reunión la hipótesis de que sea una forma de tratamiento del goce que invade su cuerpo, y sugiero ofrecerle espacios a los que dirigirse cuando se desborde, pero la directriz será “extinguir esa conducta”. Efectivamente, a fuerza de señalárselo cada vez que aparece, se reduce, pero Marcos encuentra otra vía para tratar su excitación: salir frecuentemente al lavabo. La nueva directriz será no permitírselo, ya que “si ha logrado acabar con el ruido, puede controlarse y no salir”. Días después, empuja violentamente a un compañero, cosa que no había hecho nunca, y comienza a tocar y abrazar compulsivamente a los otros.

Decido ofrecerle un espacio semanal, pese a que la indicación de la institución es no dar recursos extra: “Se confunde la coherencia con la petrificación, se intenta que nadie escape por los huecos, por los fallos del sistema”1. Deberé buscar los huecos donde poder hacerlo. Marcos me hablará de la vivencia de su cuerpo: “Los huesos se me caían, parecían voces, una fiebre que quería dominar mi cerebro… Mi cama parecía una tumba y yo un muerto andando por las calles vacías que son mi casa… Busco una identificación, saber quién soy, desde hace mucho tiempo”. Trabajaré con él alrededor de sus intereses, su responsabilidad ante determinadas respuestas, su manejo del cuerpo. Modificará la letra de una canción, que cantará con su banjo imaginario durante el recreo, reflexionando sobre por qué no conviene tocar a los demás.

Los profesores están alarmados porque Gabriel ha suspendido varias asignaturas: “No hace nada, es un vago, se lo pasa en grande”. Cuando propongo ofrecerle un espacio, me aclaran que está afectado por una cardiopatía, ha pasado por numerosas operaciones, y los médicos dijeron que no llegaría a la adolescencia… Él, lleno de vida, me dice que desde hace un tiempo todo le afecta: “Escucho todos los problemas de mis amigos, lloro por cualquier cosa”. Le propongo ir conversando sobre ese escuchar “todos los problemas”, que revelará su posición de pañuelo de lágrimas para el otro, sin que nunca sea él quien hable de lo que le afecta. La apatía por los estudios contrasta con el desafío y el dar a ver, sosteniendo así su deseo frente a un otro escolar que lo quiere dócil y quieto. En un momento de gran angustia, en que pide varios días salir de clase para hablar conmigo, aparece el límite institucional: no puedo escucharlo más, “me utiliza para saltarse las clases”. Transmito entonces a los padres la seriedad de ese momento y aceptan mi recomendación de que pueda continuar trabajando con una analista.

La lógica híper “se opone a la lentitud de la infancia y la adolescencia, tiempo para explorar, curiosear, aburrirse y ¿por qué no? Fracasar”2. En la institución educativa el desinterés por los estudios o la repetición de curso tienden a ser vistos como fracasos inadmisibles, imposibilitando a los adolescentes y al propio equipo el tiempo para comprender. Álex ha suspendiendo casi todas las asignaturas y se hace insoportable a los compañeros, a los que -“sin querer”, me aclara- da un golpecito al pasar. Aparecen entonces sus ideas obsesivas alrededor del sexo y el asco que le produce, y ante el embarazo de su madre. En determinado momento podré devolverle que, para darle tanto asco lo sexual, toca mucho al otro. Me mira sorprendido. Eso comenzará a ceder, permitiéndole tener amigos. Lo que parece ser una conducta apática se limita a los aprendizajes escolares, en tanto él está concernido por otra pregunta, en pleno trabajo sobre el saber y el goce.

 

Notas:

  1. Gras, P., Larena, P., Ramo, C., Sebastián, J. y Viscasillas, G., “Fenómenos de violencia y clínica psicoanalítica”, Cuadernos de Psicoanálisis, Revista del ICF en España, nº 28, Madrid, Ediciones Eolia, 2003, pág. 192.
  2. Ubieto, J. R., Presentación de la línea de trabajo de las 17 Jornadas ELP “Adolescentes apáticos y sobreexcitados”, 2018.

 

Soledad Bertran, Socia de Sede, Barcelona.

 

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