La incompatibilidad fundamental del deseo y la palabra conlleva que en los laberintos de la neurosis, la culpa y la angustia sean los afectos privilegiados para acoger el rastro del deseo. A la vez, el deseo es el hilo de Ariadna que permite salir de los impasses de dichos afectos.

En 1919, en el pequeño ensayo titulado Lo siniestro1, Freud afirma que “cuanto más orientado esté un hombre en el mundo, tanto menos fácilmente las cosas y los sucesos de éste le producirán la impresión de lo siniestro”. Entendemos que esa orientación, esa brújula, no puede tener más norte que la causa singular; esa diferencia absoluta que se sostiene en el deseo de cada cual.

Nos ha interesado especialmente este texto porque en él Freud habla de cómo la angustia puede surgir en lo más familiar, tornándolo extraño. La novela familiar es una ficción que da sentido a la vida a la vez que encubre la fijación pulsional y conserva el secreto de un modo de goce familiar. Mantener ese goce obstaculiza la separación, sosteniendo en cambio la alienación a una causa familiar propicia al abandono de la propia.

Así, en la familia como estructura de significantes, podrá irse leyendo el punto en que la pulsión ha quedado fijada, la primera aproximación a aquello de la trama familiar enlazado al fantasma y al imperativo de goce. El secreto familiar es la mitología que viene a suplir la no relación sexual, mitología construida en torno al goce de la pareja conyugal, el goce del padre, el goce de la madre. La familia es la primera institución humana, matriz de todas las demás instituciones; también, por tanto, de la institución analítica. Es por ello que conviene estar advertidos de ese “aire de familia”, de esa inercia institucional que anida en el corazón de cada Escuela cuando olvida el “no cesa de no escribirse” que la funda como vacío central.

No hay deseo que pueda ser atrapado por el sentido pleno, no hay deseo que no esté atravesado por el indecible. La angustia es un modo radical, extremo, de defender el deseo para que no se degrade en demanda ni en necesidad. Así pues, solo el sujeto bien orientado en relación a lo indecible del deseo, que nunca se deja atrapar por completo por la semántica, por la significación fálica y la lógica del para todos, podrá tomar distancia de esa angustia generalizada que es lo siniestro.

Esta orientación la llamamos, siguiendo la última enseñanza de Lacan, la orientación hacia lo real que permite hacer con lo indecible del deseo esa decisión, ese deseo decidido que denominamos sinthome. Esta orientación, además, no es ajena a la lógica del no-todo propia de la posición femenina que Lacan quiso para pensar su Escuela.

En el capítulo final de El yo y el ello titulado “Las servidumbres del yo»2 Freud describe el superyó como el monumento conmemorativo de la primera debilidad y dependencia del yo. Esta aseveración es desplegada en El malestar en la cultura3 al indicar que el sujeto acepta la renuncia impuesta por el superyó porque siente angustia ante la posibilidad de la pérdida del amor del Otro. Otro, que no es ya la persona del padre o la madre, eventualmente amados y que nos aman, sino aquel que conoce todas nuestras malas inclinaciones por más que las ocultemos. Es el superyó que juzga, castiga… y ordena gozar. Es decir, es un pasaje a partir del cual el sujeto siente angustia, no ya ante la posible pérdida de los objetos de amor parentales, sino ante la pérdida del amor del superyó. Freud califica esta angustia de “angustia social” y la diferencia de la angustia de castración. Una vez que el sujeto acepta creer que está en manos del Otro la cifra de su ser, prefiere la propia castración a perder el amor del Otro.

Además, a partir de la travesía edípica, otra consecuencia será que el amor queda ligado a la sobredeterminación del objeto en el fantasma. El sujeto se otorga un falso ser en el sentido fantasmático quedando ser y existencia confundidos.

En El porvenir de una ilusión4 Freud muestra el psicoanálisis como el lugar distinto que puede ofrecérsele a la civilización frente a la alianza superyó-pulsión, superyó-fantasma. De esta aseveración podemos deducir hoy que los usos que de la mencionada alianza haga el discurso capitalista no son ajenos para nosotros a la responsabilidad de sostener el acto oportuno al discurso del analista.

 

Notas:

  1. Freud, S., “Lo siniestro”, Obras Completas, vol. III, Madrid, Biblioteca Nueva. 1973, pág. 2484.
  2. Freud, S., “El Yo y el Ello”, O. C., op. cit., vol. I.
  3. Freud, S., El malestar en la cultura, O. C., op. cit., vol. V.
  4. Freud, S., “El porvenir de una ilusión”, O. C., op. cit., vol. I.

 

Paloma Blanco, ELP, Málaga.

 

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