El empuje a un goce sin mediación comporta una devaluación del deseo y la consecuente desorientación del sujeto respecto a lo que quiere, de ahí que el sujeto busca experimentar una sobreexcitación continua como modo de salida a la apatía.

Como bien sabemos,

el niño de hoy nace en un mundo que ya no está estructurado por el a priori del amor al padre, con su doble estatuto: aquel que es amado y aquel que priva del goce. Esto fragiliza su construcción, en particular porque el niño contemporáneo está confrontado a formas de goce adictivo, a lo que no cesa de repetirse tanto en la vertiente del demasiado lleno como la del demasiado vacío1.

Son estas frágiles construcciones subjetivas las que arriban a la adolescencia y que el discurso de las burocracias sanitarias se apresura a obturar bajo el nombre de un trastorno o un déficit.

Todos los procedimientos de etiquetado, clasificación y medicalización, pensados para taponar el real que emerge, no consiguen estabilizar ese humor que estalla, ya sea de manera espectacular o discreta2.

Adolescentes desinhibidos, expuestos a excesos mortales, apáticos, sin brújula, desorientados, plegados sobre sí mismos, reacios a hablar “frente al interrogatorio de padres y maestros que se veían impotentes ya que ni la palabra ni el castigo parecían hacer mella en ellos”3, son en ocasiones derivados a nuestras consultas.

Sujetos que se presentan con un malestar en el que casi no se contempla el tiempo de comprender, como si la causa y el efecto no tuvieran hiancia para decir y nos muestran la falta de interés por el Otro, el poco valor que tiene el saber subjetivado.

Así como el discurso hipermoderno nos muestra la falta de interés del sujeto por el Otro, el discurso psicoanalítico nos muestra el interés por el sujeto y su particularidad.

Si el sujeto supuesto saber es pivote de la transferencia,

en el último Lacan, la transferencia es el soporte del sujeto supuesto saber y lo que hace existir al inconsciente como saber, es el amor y es por lo cual Lacan podía decir al final de su seminario Los nombres del padre: un psicoanálisis, demanda amar a su inconsciente. Es el único medio de hacer, de establecer una relación entre S1 y S2 4.

¿Qué significa amar al inconsciente?, Freud dirá que el amor de transferencia es inherente al dispositivo. Lacan, que amar es dar lo que no se tiene.

Lo que no se tiene, ese agujero que Lacan denominó “no hay relación sexual” y Freud conceptualiza como “ese resto incurable”, esa es nuestra brújula.

No hay saber en lo real y cada caso testimonia lo que cada quien inventó alrededor de este punto.

Trabajamos así, desde la posición de semblante de objeto a, formalizando los síntomas que el discurso de cada sujeto cerca, donde el sentido se vuelve impotente.

Invitamos entonces al sujeto a tomar la palabra y apostar a un trabajo que le permita conectarse ya no a las pantallas, sino al inconsciente, “con la demanda de amor al inconsciente se hace existir una relación simbólica a partir de la cual se manufacturará un saber”5.

Enric Berenguer en su texto de orientación a las Jornadas nos propone que “no es posible sin acoger al sujeto en los propios términos en los que se plantea y nos plantea su extravío. Incluso cuando trata de alojar su singularidad bajo un significante tomado de lo social. Importa que, bajo transferencia, el sujeto pueda alcanzar la dignidad de un síntoma, punto de partida en la búsqueda de un mejor nombre para el real que le concierne, un nombre a la extravagancia del deseo que mejor acoge la irrupción del goce traumático”6.

Dirá Lacan que siempre hay que dar una breve ilustración de lo que se cuenta7:

Uno de mis alumnos que había asistido durante todo el año a mi seminario sobre la angustia, vino a verme entusiasmado, hasta tal punto que me dijo que había que meterme en una bolsa y ahogarme. Me amaba tanto que esta era la única conclusión posible para él. Le grité palabras injuriosas y lo eché fuera, lo que no le impidió sobrevivir e incluso unirse finalmente a mi Escuela. Ya ven cómo son las cosas. Las cosas están hechas de extravagancias8.

En el texto “Neurosis y psicosis”, de 1924, Freud expresa un anhelo:

Nos gustaría saber cuáles son las circunstancias y los medios con que el yo logra salir airoso, sin enfermar, de esos conflictos que indudablemente se presentan siempre. He aquí un nuevo campo de investigación. Las incongruencias, extravagancias y locuras de los hombres aparecerían bajo una luz semejante a la de sus perversiones sexuales; en efecto: aceptándolas, ellos se ahorran represiones9.

Que se consagre lo suficiente a la extravagancia, “quizá este sea el camino por el que puede esperarse un futuro del psicoanálisis”10.

 

Notas:

  1. Laurent, E.,“Los niños de hoy y la parentalidad contemporánea”.
  2. Ubieto, J. R., “Adolescentes apáticos y sobreexitados”, 2018:
  3. Tizio, H., “Adolescentes, porros, pastillas…”, Freudiana, Revista de la Comunidad de Catalunya ELP, nº 16, Barcelona, 1996.
  4. Miller, J.-A., “Una fantasía”, El Psicoanálisis Revista de la ELP nº 16
  5. Esqué, X., “La transferencia en la época del Uno solo”, 2018:
  6. Berenguer, E., “El deseo, en la época del Uno solo”. Texto de orientación.
  7. Lacan, J., De los nombres del padre, Buenos Aires, Paidós, 2005, pág. 46.
  8. Lacan, J., El triunfo de la religión, Buenos Aires, Paidós, 2005, pág. 77.
  9. Freud, S., “Neurosis y Psicosis”, Obras completas, vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2006, pág. 158.
  10. Lacan, J., El triunfo de la religión, op. cit.

 

Karina Piluso Cavalleri, socia de Sede, Barcelona.

 

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